Hospital griego

03.09.2013 | 05:30

Emili Piera

No quiero estropear la belleza del episodio con consideraciones políticas, se hacen solas. A mi mujer le picó una avispa mientras veíamos los frescos y mosaicos del siglo XI de Nea Moni, que se cuentan entre los mejores del mundo griego. Una reacción alérgica inusual pero no rara le provocó picores y le hinchó la cara y después los brazos y piernas se le encendieron con extraños enrojecimientos en relieve, al tiempo que sufría un importante ataque de pánico y, al final, alguna dificultad respiratoria.
Me precipité hasta Quíos por una carretera de montaña después de comprobar que en el pueblo de Avgonima no había nada parecido a un médico. Curvas tremendas, bosques achicharrados por los incendios y baches. En la primera farmacia mi mujer se serenó un poco al tomar unos sorbos de agua y en pocos minutos dimos con la indicación y el camino correctos y llegamos a un hospital entre Quíos y Vrontados que había equipado „y quizás construido„ una empresa francesa. Era muy bonito, tal vez privado. Entramos por urgencias y fue atendida inmediatamente. Cuando volví a verla con un vial en vena y gotero, estaba tendida en una cama a la que le faltaba la tabla de los pies. Vi que las botellas de oxígeno de aquella salita estaban llenas de óxido. Los recortes.
Pero el equipo humano era de primera: una viejecita bastante cascada acariciaba el rostro de una joven médico que le trataba con una displicencia dulce y despreocupada, el médico que lo organizaba todo con resolución germánica era un tipo culto que generaba tranquilidad a su alrededor y el médico que le sucedió y nos dio el alta era grandote y benigno. Sólo le preguntaron la edad y el nombre y aunque habíamos tomado precauciones en forma de seguro de viaje „pero los seguros siempre andan llenos de letra pequeña, excepciones y martingalas„ no nos cobraron nada. Nada. Repetimos el itinerario por la misma razón que aconseja volver a montar el caballo que te derriba, con un profundo sentido de gratitud hacia aquellos extraños que nos habían librado de la extrañeza. Y el desamparo. Muchas gracias.

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