Química y física

07.09.2013 | 05:30

Emili Piera

Hay días en que este narrador fijo discontinuo no tiene otra cosa que venderles que su propia perplejidad. Por ejemplo, ¿qué tienen de diabólico las armas químicas? Una bomba de racimo „no sé si garnacha o cabernet„ te puede dejar como si, en efecto, te hubieran metido en el trullo y estrujaran todo lo que da de sí la prensa. Un blindado consigue, sin mayores problemas, laminarte como esos gatos de carretera „seres libres, al fin„ a quienes les pasa por encima un camión. Yo no hice la mili, pero si estalla un obús a un palmo de tu oreja, creo que quedas muy poco presentable, incluso para los amigos. En fin, que todas las armas modernas son químicas, se basan en mezclas capaces de sufrir una combustión violenta. Química pura.
Las únicas armas físicas son las blancas y se basan en un principio muy elegante de enunciar: la impenetrabilidad de la materia. Como dos objetos no pueden ocupar el mismo lugar, cuando introduces la hoja del arma blanca, se separan los tejidos: sencillo y eficaz. Creo que por eso se les tiene tanto aprecio en España: son muy artesanas y entrañables, en el pleno sentido. Nos pasamos la vida acusando a los políticos de ser incapaces de decir la verdad, pero ¿estamos nosotros mejor dispuestos a escucharla? Según tío Orwell, no. Por ejemplo, uno hubiera jurado que Durán y Mas, Convergència y Unió, formaban un matrimonio católico para toda la vida, pero el señor Durán (y nosotros con él) ha descubierto treinta años después, que Mas es divorcista. Si Mas se entera de que Durán va a los toros, no lo resistirá su pobre corazón.
Uno está dispuesto a creer en las buenas intenciones de Rubalcaba («Miénteme. Dime que me quieres»), pero luego baja Joaquín Almunia de Bruselas y dice lo mismo que Rajoy, no sé si para desengañarnos o porque le gusta el maltrato. A la nueva directora general de RTVV la desautoriza el vicepresidente Císcar y dado que la injerencia política en las empresas públicas ha sido, desde el principio, la causa principal de su ruina, resulta difícil creer en sus promesas de regeneración. O sea que viva la independencia.

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