Las Fs de la Q

09.09.2013 | 05:30

Gregorio Martín

Perdón por el trabalenguas, «F» de Formula 1, «F» de Fundación y «Q» de quiebra de la Generalidad Valenciana (GV). Acabamos de vivir la semana en la que, citas olímpicas aparte, la GV ha reconocido su Q con motivo de las Fs. Estas deudas no están incluidas en las partidas por las que la GV recurre a instrumentos (Fondo de Liquidez Autonómico, derivados del Plan de Pagos a Proveedores, etc.) que hasta ahora han permitido su supervivencia.

Aquel que haya vivido en su entorno personal los prolegómenos de una quiebra sabe que acompañando las tribulaciones del duro momento de su reconocimiento se vive decidir entre quién se paga y quién se deja para la decisión de administrador judicial. Esta distinción entre acreedores no se rige por moralidad, simpatía o legitimidad de cada deuda, sino por el daño posterior que cada uno puede causar en el devenir de la persona o familia ya arruinada. Al día siguiente del evento la vida sigue, hay que afrontar el futuro, son los jueces los que ya deciden qué hacer con los restos del naufragio y uno ha tratado de salvar lo que ha podido para afrontar su nuevo futuro.
En estas fases previas los acreedores toman posiciones, amenazan al interesado sobre lo que le puede ocurrir a cuenta de sus impagados y la acritud se esconde tras expresiones del tipo «buscar una solución porque es necesaria». Ello explica que haya quien más que decidir, ponga tierra por medio.

La GV no tiene posibilidad de huir, pero sí de pedir una intervención por parte del Gobierno central. Por ello estamos experimentando el feroz ritual propio del acreedor vs. deudor.

En situaciones como las actuales, argumentos de «si no lo haces ahora, luego verás como?» son ya vanos. El cáncer está diagnosticado y nadie ha tomado decisiones cuando eran obligadas y razonables, por desagradables que resultaran.
Imaginemos, por un momento, una GV formalmente intervenida y tratemos de imaginar la reacción de los hombres de negro de Montoro a declaraciones recientes: «Para que no haya Fórmula 1 en Valencia, la organización le tendrá que decir al Consell que acepta nuestra propuesta de retirarnos sin penalización, porque si hubiera penalización nosotros celebraríamos el Gran Premio» (J. Císcar, desde la GV); «Si no hay acuerdo y la sentencia dicta que la GV es avalista, el año que viene la Fundación no tendrá capacidad para devolver 41 millones más 5 en intereses y alguien tendrá que pagarlos. Con el aval vigente será la Generalitat» (A. Martínez, desde la Fundación).
Estando como está la GV son los consuelos de sufrir una cartera vacía, poco hay que temer lo que digan los tribunales británicos, donde tienen la sede las empresas que controlan el negocio del señor Ecclestone. Tampoco hay que atribularse por no aceptar las condiciones de Bankia respecto al Valencia, ya que tendrá que tragarse la herencia de Bancaja. Bankia existe gracias a miles de millones de todos los españoles y si decidiera castigar a la GV puede ver una retirada masiva de depósitos.

El circuito de F1 y el nuevo Mestalla quedarán como iconos de unas locuras que aquí se hicieron y aceptaron, con la esperanza que los jóvenes sepan lo que no hay que hacer y traten de mandar a la cárcel a tanto incompetente/corrupto que aquí vive.
Además de la coincidencia en el tiempo, nuestras dos Fs tienen como punto común un determinado trasiego de avales. Al respecto tenemos razonamientos judiciales que nadie ha discutido, aunque sí sus sentencias. En lo que conocemos no se dice si la cantidad es grande o pequeña, si viene impuesto por un contrato extranjero o por uno español, si tiene que devolverse en dos, cuatro o quince años, o si toca al fútbol o a los deportes del motor. Lo que allí se expresa con claridad es que la GV no está para estas cosas. No hay legitimidad para firmar este tipo de documentos.

La mezcla de lo político y de lo deportivo ha hecho un daño irreparable. Con la historia de la Fundación en la cabeza que algún día explicaré (lo de la F1 es igual, aunque más reciente). Debo traducir el inicio del editorial de Le Monde del pasado jueves. Entenderán la razón por la que no despertamos comprensiones por parte de nuestros socios europeos lectores indignados de lo siguiente:
«Cien millones de euros. Esta suma de vértigo ha sido asumida por el Real Madrid para hacerse con los servicios de Gareth Bale. El delantero galés se convierte en el futbolista más caro de la historia, por delante de su compañero de equipo, el portugués Ronaldo, comprado en 2009 por 93 millones de euros.

El club más rico del mundo, con 513 millones de ingresos en la temporada 2011-2012, ¿cuánto tiempo podrá permitirse esta locura de grandezas? Seguramente no mucho. Sus deudas han alcanzado la exorbitante cifra de 600 millones de euros. Las autoridades españolas han cerrado los ojos durante mucho tiempo. Sin embargo, hoy, en un país duramente golpeado por la crisis económica, el fisco reclama lo que se le debe, estimado en más de 4.000 millones de euros en el conjunto de clubes de primera y segunda división.
Así va el mundo del fútbol, que en veinte años ha pasado del artesanado nacional al «Business» globalizado, de la economía subvencionada a la burbuja especulativa.

La GV no está en condiciones de hacer frente a determinados compromisos sin erosionar aún más los servicios públicos que son de su responsabilidad.

¿Cómo es posible que esta conclusión llegué tan tarde? En el frenesí de los acontecimientos, un cierto respeto intelectual por Fabra y su equipo, que, aunque con retraso incomprensible, parece reconocer la quiebra. Lo que supera toda comprensión es la falta de autocrítica de los Camps, Barberá, Olivas, Blasco, etc., que vivirán el resto de sus días en la ignominia de los papeles de los juzgados en el marco de una Valencia empobrecida. Por cierto, se les votó reiteradamente.

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