La revuelta al cole

Agustín Zaragozá Granell

11.09.2013 | 05:30

Uno huiría corriendo de la vuelta al cole. Basta sufrir los anuncios horteras del retorno al curso escolar para escurrirse no sólo de los centros comerciales capitalistas, sino también de la no menos clasista escuela. Al padecer la burricie humana recuerdo al maestro H. Hesse: «No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los humanos viven irrealmente, porque creen que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su mundo interior manifestarse». La mayoría de individuos creen saber qué es la escuela. Craso error. No tienen ni idea. Del mismo modo que el imaginario publicitario proyecta una escuela mezquina, bobalicona, ¿sabrían familias, alumnos y docentes responder qué es una escuela? Esta escena vivida en la infancia de J. Lennon refleja mi sentir: «Cuando fui a la escuela me preguntaron qué quería ser de mayor. Respondí: ‘feliz’. Me dijeron que yo no entendía la pregunta y yo les respondí: ustedes no entienden la vida». Sé que muchos despreciarán mi ideario. Sé que este decálogo es cuestionable, mordaz, mejorable. Pero me sublevo ante una vuelta al cole semejante a la los años 50. Considero de máxima urgencia revisar la función de la escuela en el siglo XXI. Vaya aquí mi decálogo.

1.La escuela no es un aparcamiento. La lógica del imperio capitalista obstruye las difíciles obligaciones familiares. Cierto es que cuidar de los hijos cuesta mucho esfuerzo. Pero convertir la escuela en un aparcamiento, como quien deja estacionado su vehículo durante horas, repercute en el propio funcionamiento del sistema educativo. Si escuelas e institutos devienen en guarderías, como así tantos consideramos, seamos consecuentes: el papel de los docentes es pasivo tanto o más que el del alumnado. Dejémonos el paripé.

2.La escuela cultiva la felicidad. ¡Y tanto! J. A. Marina recalca el papel socializador de la enseñanza. La escuela es una fábrica de ciudadanos. Su papel radical es entrenar, ejercitar, promover la felicidad. La intelectualidad no es el eje principal de la formación. De ahí que las materias instrumentales, las esenciales para dar herramientas existenciales al alumno, son justo las que componen hoy el cajón de marías en la enseñanza: Ética, Filosofía, Historia, Lenguas, Música, Arte… Llámenme malpensado, pero creo firmemente en una conspiración sectaria de docentes y políticos que presentan las materias humanísticas como desustanciadas. Interesa desacreditar el valor de la construcción del camino hacia la felicidad. Conviene moldear alumnos encorsetados, insensibles, acríticos, incapaces de sentir el mínimo aprecio hacia la vida.

3.La escuela despierta talentos. Al contrario de lo que ocurre ahora, a la escuela cabe exigirle el cultivo de los talentos de cada alumno. No hay listos o tontos. Esa dicotomía forma parte de un pasado repugnante propio de dictaduras. La inmensa riqueza que contiene cada niño es proporcional a la infinita estupidez de los adultos, quienes trabajan con ahínco para matar la creatividad, negar la espontaneidad y cortar la fluidez de los alumnos.

4.La disciplina militarista oprime la libertad. Una escuela sin libertad es una cárcel. Bien cierto es que entre una y otra apenas encontramos diferencias. La disciplina bien entendida permite madurar al alumno. La disciplina militarista, tan usada en las escuelas, es propia de individuos inseguros, ineptos, corrosivos, que sólo son capaces de ejercer su insignificante poder mediante el uso y abuso de la autoridad. Los docentes que generan libertad, tan escasos en nuestro sistema, abominan de la dominación sobre el alumno. ¿Acaso no sabemos ya que nos situamos en distintas esferas, diferentes niveles? Regocijarse sobre esta jerarquía natural es propio de psicópatas.

5.La escuela es la vida. A mayor escisión entre escuela y vida peores herramientas pedagógicas. Cada minuto en la enseñanza descentrado de la existencia que nos rodea es tiempo perdido. En cada página alejada de la realidad mundana se pierde la ocasión de explorar el misterioso universo humano. Cada examen memorístico, carente de creatividad, evaluamos nuestro ego, poco más. Si la escuela no prepara para la vida, como es el caso, ¿qué esperamos de los alumnos? Un alumno sentado sumisamente en el aula se convierte en súbdito, nunca ciudadano.

6.El docente sabe y no sabe. El nivel intelectual del profesor es limitado. Sus recursos humanos igual. ¡Todos erramos! Equivocaciones en el aula las hay a diario. Pero los docentes somos profesionales. Aunque yo mismo someta a crítica nuestra labor, esto no implica que la docencia sea un ámbito de incompetentes, de ahí la importancia de confiar en los especialistas. Urge recuperar el respeto, la confianza, no sólo de las familias y alumnos, sino también de los compañeros, quienes se convierten a menudo en enemigos íntimos. Señores: aunque no sabemos todo, ¡sabemos! ¿Acaso repican sus campanas al cirujano o al mecánico?

7.Los psicólogos no son chamanes. La docencia cuenta con unos impagables colaboradores: los orientadores. A menudo se convierten en el punto de mira de la totalidad del sistema. Su difícil papel es incomprendido en esta sociedad cargada por el diablo cientificista. Los profesores, al igual que las familias, acudimos a su gabinete en busca de soluciones mágicas. Olvidamos que un psicólogo no es un chamán: aconseja, orienta, guía, ayuda, apoya, entiende, aporta, dialoga, analiza, sugiere, propone… Y siempre desde un saber complejo, poliédrico, reflexivo, analítico, pero, ante todo, inexacto. ¿Acaso hay un manual de instrucciones para superar las dificultades del ser humano? Valoremos su saber y su labor.

8.Educar en la incertidumbre. Nada sabemos en cada amanecer. Una escuela que mira la vida como un camino fijo, lineal y predecible transmite una visión empobrecida de la complejísima realidad. La vida muta. Cada instante es fugaz. Urge educar en la incertidumbre. Ésta es una herramienta necesaria para asimilar el cambio. Asumir que nada nos pertenece, que nada está bajo nuestro absoluto control: es la lección radical para asumir el camino hacia la felicidad.

9.La escuela socializa. Si como decíamos, la escuela es fábrica de ciudadanos, conviene alzar la bandera de la diversidad. El pluralismo, la variedad y la diferencia configuran el necesario discurso de la riqueza social. Una escuela que segrega o selecciona estafa a su alumnado. La vida es intensa como la propia realidad. Nadie puede educar mutilando la realidad.

10.La escuela no existe. La conclusión es positiva: la auténtica escuela, esa que genera libertad y felicidad para enseñar a vivir, todavía no se ha forjado. ¿Lo intentamos? Más que centrarme en un discurso pesimista, quisiera despertar optimismo: ¡Vamos a construir una escuela de escuelas! ¡El horizonte parece claro! Conseguirlo exige romper el obsoleto discurso de la vuelta al cole. ¡Que empiece de una vez la revuelta al cole!

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Profesor de Ética y Filosofía

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