Sangre de granado

Emili Piera

11.09.2013 | 05:30

La última vez que estuve en la playa de Les Palmeres, en lo que queda de ella, me demoré un rato más para ver los últimos estragos del levante, si es que fue cosa suya. El caso es que las olas lamían, en algún punto, el muro del Paseo Marítimo y en otros, la banda arenosa se había vuelto tan delgada que cabía un bañista apoyado en un solo pie, como las garzas. Y en eso que apareció Salvador Pastor, mi contacto entre las criaturas que vuelan, se arrastran y bucean en el marjal: jubilado, antiguo policía local, cazador: cuatro infartos superados. Dicen que las obras del puerto de Valencia han insuflado en la corriente de deriva un espíritu devorador que se despierta en ésta y otras playas.
Se lo digo a Salvador y me contesta: «Pot ser». Frente a la Penyeta del Moro „todas las rocas de Sueca están miniaturizadas y nuestro Himalaya es la Muntanyeta dels Sants„en este punto, digo, la playa ha crecido. Lo que tengo a la vista parecen unos escollos desnudados al retirarse la arena, pero son cimientos de antiguos chalés que otros levantes derruyeron. En los estertores de la Segunda República estaban en este lugar algunas legaciones de las principales potencias. Por espíritu antiburgués, los rusos se bañaban en pelota y, escondidas en las dunas, les miraban las chicas, a ver si era verdad que lo tenían todo rubio.
La línea de contacto entre tierra y mar „la shoreline de un vieja canción de Leonard Cohen„ cambia constantemente como el amor y las corrientes, que se lo pregunten a los de La Punta que los echaron de sus casas y ni siquiera fue para que viniese el mar. Salvador ayudó a su padre a establecer huertas en los arenales, tras las bardas de cañas y adelfas. Veinte años después, esos huertos nuevos serían solares novísimos: Salvador se pone sentimental y empieza a contarme estas y otras historias del hortelano que nunca fue, pero que es ahora que tiene tiempo y se le llena el granero de calabazas nuevas cuando aún no ha agotado las viejas. De la sangre de dragón de un granado, nació un corro de retoños que, como estrellas, bailan en torno suyo.

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