Final del verano

13.09.2013 | 01:06

Gustavo Zaragoza

La banda sonora del momento tiene que ver con ese final del verano que suena entre melancólico y esperanzador. Generalmente esta época del año es de contrastes, el fin de vacaciones suele venir acompañado de nuevos proyectos y también por la ilusión por los reencuentros. En esta ocasión, el balance de luces y sombras apunta más hacia lo segundo. Comenzaba la temporada veraniega del 2013 con un terrible accidente y finaliza con un espejismo de recuperación económica, que no se acerca a los brotes verdes pero resuena a ritmo de timbales augurando el final no solo del verano, sino también de la crisis y casi de todos nuestros males.
Lo peor que tienen los augurios es la tozudez del futuro que siempre los alcanza. El Gobierno, el partido que lo respalda y algunos medios de comunicación están empeñados en hacer coincidir el final del verano con el final de la crisis, para lo cual echa mano de indicios, datos más o menos optimistas y sobre todo de campaña mediática. Mucha campaña para ver si de esta manera, a puro de repetir machaconamente que la crisis ha pasado, nos convencen que se puede entonar una canción de despedida también para los malos momentos. La estrategia tiene sus riesgos, sobre todo si no descansa en datos robustos; la fragilidad aconseja prudencia.
Podemos confiar en que los raquíticos indicadores de mejora son la punta del iceberg que oculta resultados futuros más contundentes. Ahora bien, corremos el riesgo de seguir solamente la estela de un espejismo. El principal problema que tiene este país es el paro y esta es la vara de medir que intenta esgrimir el Gobierno que nos ha anunciado a bombo y platillo que el desempleo ha disminuido. Ahora bien, si analizamos con algún detalle los datos sobre población activa el resultado es bastante alarmante, la inestabilidad en el empleo nunca ha sido tan grande, la temporalidad en la contratación es la regla y los trabajo fijos empiezan a formar parte del pasado.
Fiar toda la esperanza en una mejora en datos que nos retrotraen a modelos de países poco desarrollados tiene sus riesgos, sobre todo si no van acompañados de suficientes medidas de protección social. Si además comprobamos cómo perdemos algunos de los avances sociales alcanzados en el último tramo del siglo pasado, lanzar las campanas al vuelo y trasmitir un ambiente cuasi euforizante puede convertirse en un despropósito que ahonde las situación de desanimo de gran parte de ciudadanos que además de pasarlo mal pueden empezar a pensar que los están engañando de manera descarada.

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