Tontos y amargos

20.09.2013 | 01:43

Emili Piera

Empiezo por delatar mi propia posición: tengo razones que me hacen pensar que la independencia de Cataluña no sería buena ni para el sujeto agente ni para el paciente. Contra cierta mitología basada en la conciencia de la propia virtud, no existen pueblos pacíficos o belicosos (de manera indefinida), del mismo modo que nunca se da un divorcio amistoso. Como mucho, incruento. Dicho esto, creo que si Cataluña expresa de forma rotunda y continuada el deseo de caminar por su cuenta, tiene que poder hacerlo. Eso es el derecho a decidir, un derecho democrático, aunque aquí estemos acostumbrados a que, desde el ingreso en la UE hasta la reforma de la Constitución, todo se cocine en palacio.
Cómo envidio a los británicos que, al plantearse la independencia de Escocia, preguntaron por la fecha del referendo y exigieron claridad de términos en la pregunta. Pero estamos en España, donde hay un anticatalanismo larvado (y ejerciente: echen una ojeada al patio más próximo) que hereda todos los delirios del viejo odio al judío. El error del PP no fue oponerse al Estatut, tenía todo el derecho: es que le pareció oportuno utilizar la zafiedad y el filibusterismo, los insultos más gruesos a Cataluña, con tal de que sirvieran para desgastar a Zapatero. Me parece que la mejor forma de conseguir que alguien siga en la cuadrilla no es decirle lo flojo que es y amenazarle con un par de ostias.
Y así estamos, aunque la situación no es irreversible ni la federación una posibilidad consumida sin usarla. Antes de la crisis había, como mucho, un 30 % de independentistas. El mal gobierno, su ruina y descrédito (por el saqueo de la ciudadanía), invitan a soltar alguna coz: aunque pueda ir a las propias partes blandas. Y es clara la ilusión que produce el desafío de la independencia como Plus Ultra: el comunitarismo vivísimo de Cataluña. Pero hay que hacer algo más que el no hacer galaico-budista de Rajoy: silenciar a los gritones fascistas (al menos, no financiarlos) y tener claro que la prensa de Madrid „llena de sujetos bronquistas„ no sólo no es España: no es ni medio Madrid.

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