Borrar águilas

Emili Piera

27.09.2013 | 05:30

No sé si acudir a algún consulado de la República Argentina y sumar mi testimonio al proceso contra Billy el Niño y otros tres torturadores. Aunque sospecho que fue él quien me interrogó, no tengo ninguna certeza: me quitaron las gafas y sólo veía un óvalo borroso lleno de líneas cruzadas y cambiantes. A Billy le sacó de quicio „algún día lo contaré„ que hubiese podido achuchar a Concha, mito erótico de la Facultad. Aunque yo no había puesto mis dedos pecadores en semejante agua bendita, le dejé con las dudas: para que sufriera. Quizás sea yo el torturador.
En serio: este país tiene con la percepción del franquismo el mismo problema que el miope del principio de este cuento, pero al revés. Nos lo mirábamos tan de cerca que todo nos parecía normal y nítido. No creo que la cuestión sea arreglar cuentas con ancianos más o menos terribles: se disipa la energía necesaria para eliminar hasta el último vestigio de franquismo de los usos políticos. En países más inteligentes, que han padecido una larga tiranía, se ha empezado por una Comisión por la Memoria y la Reconciliación: censo completo de víctimas, relación exhaustiva de atrocidades (también las cometidas en el seno de cada bando), un recordatorio para desaparecidos y mal enterrados y el perdón general. Aquí aún tenemos documentos clasificados.
Como el alemán que decía que Hitler no era tan malo pues con él había empleo y Volkswagen, como el polaco comunista que solía recordar que sus correligionarios soviéticos libraron al país de los alemanes, muchos españoles sólo conocieron de Franco al viejo en zapatillas a cuadros y un lugar común: «en los dos bandos, hubo crímenes». Efecto de cercanía. Lincoln también ganó una guerra civil con 750.000 muertos (más que en la nuestra), pero no fusiló, ni encarceló, ni exilió a quienes lo combatieron. Franco encabezó la tercera tiranía más sangrienta de Europa (detrás de Hitler y Stalin), era mezquino y sus ideas cabían en una servilleta. Es incompatible con la libertad: no se trata de convencer a nadie, sino de borrarlo de la escena pública. Y eso sólo puede hacerlo el PP.

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