Tres tristes tigres

Guillermo García-Alcalde

30.09.2013 | 05:30

Los impíos siempre huyen, aunque nadie les persiga», puede leerse en el Libro de los Proverbios. Es la imagen aplicable a los evasores españoles de miles de millones de dinero generado en España, que siguen huyendo de un territorio fiscal aliñado para su mayor provecho. No es solo que nadie les persiga, sino que les ofrecen amnistías en lugar de castigos ejemplares. El presidente Rajoy se proponía dedicar parte de su estancia en Nueva York a la crítica de los paraísos fiscales, un concepto abominable en la galerna que agita los derechos humanos y descalabra la grieta entre la pobreza extrema y la riqueza acumulativa. Tal vez lo haya hecho, pero la vista gorda fiscal de los Estados es la causa del problema. Los paraísos son el efecto y se extinguirían actuando contra la causa.
El Tribunal Constitucional, tan flexible para algunas cosas, se niega a revisar la condena de Baltasar Garzón. Parece una venganza contra la reivindicación de la memoria histórica, disfrazada de formalismos procesales que fueron aceptados como legitimos en causas posteriores. Una vergüenza. Si hasta las piedras claman por el recuerdo, qué no han de hacer las personas cuyos mayores fueron víctimas de la inhumana liquidación totalitaria. Digan lo que digan y hagan lo que quieran los tribunales, la memoria perdura, inquiere y reivindica. Su presencia leal no es solo el filtro del trágala que decreta olvidar, sino testimonio de la misma condición humana.
Jesús Posada se olvidó en un mal instante de que, por encima de su condición de militante de un partido, es presidente del Congreso de los Diputados que reúne a todos los partidos. Y en lugar de ocupar el escaño neutral cuya obligación es dar voz a las minorías, se pasó a la poltrona de la mayoría para negar visado de paso a la moción, interpelación o debate que intentaba llegar a claridades donde hasta ahora reina el silencio o la mentira. Este presidente quiso acallar el enésimo intento de discusión del escándalo sobre Bárcenas con sus más altos implicados, o señalados por los indicios. Al sentir  que temblaba su sólido asiento de árbitro justo e imparcial, ha tenido que volver atrás y comprometerse a propiciar un debate de cuya pureza procedimental dependerá que no le levanten del asiento de la justicia.

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