Denuncias anónimas

Jesús Civera

01.11.2013 | 05:30

Hay que llevar cuidado con la fuerza hipnótica de las grandes ideas, que ha causado enormes horrores a lo largo de la historia. También hay que llevar cuidado con la aparente futilidad de las pequeñas ideas. Tal vez, la ocurrencia de la UE y de Compromís de sistematizar las denuncias anónimas a la Fiscalía para atajar la corrupción encaje en el segundo apartado. Pero es muy seguro que recordará la barbarie del primero, aunque sea en un primer fogonazo instintivo. La denuncia anónima, a mi entender, no hace sino extender la sospecha de todos sobre todos. Y la sospecha «política» ha sido uno de los grandes males del siglo XX. Sus ramificaciones, en la práctica, son diabólicas. Indicios, delaciones, denuncias por percepciones, chivatazos y soplos, recelos y desconfianzas han formado las vigas de los sistemas represivos. Éstos a su vez han tejido redes sociales silenciosas a partir de ese catálogo infame para custodiar su poder. Cuando alguien habla hoy de denuncias anónimas, a uno le entra el pánico. Enseguida piensa en los judíos o en la guerra civil española, en las delaciones entre vecinos, por convicción política, venganza personal o a cambio de algo: de la indulgencia, por ejemplo. El anonimato es propio de las satrapías, como lo son los espacios tenebrosos, confusos e impenetrables. La democracia pide rostro, territorios abiertos, oxígeno y plazas públicas, discusiones de tú a tú, y sobre todo luz. La devastación de muchas de las conquistas civiles empieza rindiendo tributo al anonimato. No sé que le parecerá a Mónica Oltra, que ha lanzado la idea aquí –la denuncia silenciosa– o a la UE, que la ha lanzado allá. Aun admitiendo que sea operativa (que haga el «bien»), ¿se puede escoger una materia prima cuya raíz ha impregnado de dolor a media humanidad?



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