Las tardes con Waldo

03.11.2013 | 05:30

Antonio Vergara

Ser merengue equivale, por pastelera analogía cromática (el blanco del merengue), a seguidor o hincha del Valencia CF. En mi juventud fui moderadamente merengue. Era cuando la izquierda sostenía que el fútbol era un poderoso instrumento del régimen franquista para alienar al pueblo, y sobre todo a la clase obrera. A mí me gustaba el fútbol en sí mismo, pero no los colores como símbolos del fanatismo ciego de los seguidores de unos y otros equipos, religión propia de anormales del espíritu, sean xotos o granotas, en Valencia.
Los opositores a la dictadura abominaban del denominado deporte rey y de Matías Prats (padre), quien „ahora es evidente„ dominaba el castellano y retransmitía los partidos con un lenguaje limpio, culto y gramaticalmente perfecto . Hoy, sin embargo, las radios y muchos periódicos (no digamos ya las televisiones) están repletas de papagayos iletrados, analfabetos, necios e histéricos.
Pasaron los años, muchos. Y el antaño pernicioso fútbol „anestésico del pueblo, como la religión y el opio„ es actualmente un valor progresista. La izquierda (o lo que queda de ella) y los intelectuales del mismo ramo lo han elevado a los altares de la cultura populista (populachera): la estética, el simbolismo sociológico y el aplauso a todos los individuos que cobran millonadas por, muchas veces, no hacer nada, salvo gastarse el dinero en los móviles, otros artefactos absolutamente inútiles y en juergas.
Así, unos cuantos (son muchedumbre) se forran a costa de la primaria emotividad de las masas que no encuentran otro modo de realizarse en la vida que militando en el futbolerismo. Algunos periodistas futboleros, creyendo que son de la escuela de Max Weber, han puesto en circulación „unos se copian a otros„ lo de la clase media. Se refieren a que en los equipos de mayor presupuesto, fama o títulos, hay futbolistas de clase media. Son aquellos que solo cobran alrededor de dos o tres millones de euros al año, libres de impuestos, más un salario mensual para alimentar a su prole.
Por el contrario, los ciudadanos no futbolistas de la clase media real ingresan alrededor de 20.000 ó 30.000 euros anuales. Muchos de ellos gastan casi un tercio de sus ingresos en los campos de fútbol. ¿Se conoce un mayor despropósito que éste?
Todavía me gusta el fútbol (también me da asco), en calidad de observador neutral, desapasionado y atento sólo al juego. Durante años fui del Milan, cuando lo entrenaba Arrigo Sacchi; después del Barcelona de Cruyff, Koeman y Bakero; del Bayern de Beckembauer; y antes de la selección de Inglaterra donde jugaban Bobby Moore, Stiles, Gordon Banks o Bobby Chartlon.
Frecuenté Mestalla y Vallejo. Mediados de los años sesenta del siglo XX. Todavía era imprescindible pagar el emblema, un impuesto destinado a Auxilio Social. Iba a general de pie, donde se reunía la clase obrera, la clase media de verdad y los llauradors. Enfrente, la tribuna. La clase pudiente y las jerarquías del régimen.
Carajillos, brandy „coñac, entonces„ y anís, del Mono o Castellana (el «mejor de España»), nos tonificaban, en invierno y en verano. El ambiente era distendido y escépticamente valenciano, salvo excepciones, como cuando Aguirre Suárez (creo que jugaba en el Granada.) le partió la tibia al delantero centro Forment. Recuerdo muy bien que, al año siguiente, el Granada volvió a Mestalla. Y Vidagany, defensa izquierdo del Valencia CF, vengó a su compañero. Tomó carrerilla desde unos 50 metros y todos los espectadores intuimos cuál era su rumbo: Aguirre Suárez, efectivamente.
Fui fan de Guillot, llamado Marisol porque era rubio, como la actriz Marisol (Ha llegado un ángel) y regateaba como ella en la vida. ¿Y Waldo?, el negre. Sus lanzamientos de golpes francos „hoy ridículamente llamados «a balón parado», una estupidez más, como al pase denominarle «asistencia», o al contraataque, «contra»„ eran demoledores y siempre certeros. Potencia suprema, colocación y efecto parabólico. Uno de los mejores rematadores de cabeza que he visto. Peinaba el balón, o lo rebotaba contra el césped, descolocando a los porteros.
Entonces, el fútbol no había perdido aún (del todo) su ingenuidad. Era un deporte de masas, sí, pero no sujeto al monstruoso negocio mediático actual. Por todo lo escrito, y mucho más, adiós al fútbol.



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