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Juana Rivas se entrega a la justicia en Granada tras casi un mes desaparecida

Chivatos

04.11.2013 | 05:30

Martín Pacheco

A nadie le gusta que le espíen (sin avisar, al menos: con la mosca tras la oreja, uno se esforzaría en decir cosas interesantes, en fingir profundidades metafísicas y en orgasmar ocurrencias ingeniosas, y no, por el contrario, esas banalidades que recorren todos los tonos grises y anodinos de la cháchara insustancial. Paradójicamente, sin embargo, ahora que sabemos que EE UU tiene un sistema de espionaje masivo urbi et orbe, me jodería bastante no haber sido espiado. En fin: si espiar es de mal gusto, no haber sido espiado es casi un desconsideración. Cierro el paréntesis). Me llama la atención, sin embargo, que ningún país o dirigente se cuestione las maldades del espionaje en sí, cuya existencia y necesidad nadie cuestiona, sino que se limitan a expresar un cierto disgusto por el conocimiento público de haber sido ellos los espiados. Todos dan por sentado, y por reconocido, la existencia de las instituciones, de los instrumentos y los funcionarios, pero ahora que se ha hecho público lo que debería ser un secreto, fingen un prejuicio: a los amigos, a los aliados, a los buenos, no se les espía. ¡Vaya! La distinción previa entre países amigos y enemigos es, al menos, un prejuicio. El juicio sólo puede surgir del conocimiento y, en estos casos, el conocimiento te lo proporciona no lo que se declara en público y en el espectáculo de las apariencias, sino lo que se comenta en los rincones y entre sombras: el espionaje. En fin: si espiaron al Vaticano y al papa Francisco, deberíamos agradecer la consideración de que espiaran al gobierno de Rajoy. Eso sí: espiar está muy mal, además de ser una falta de educación propia de chismosos y chivatos.

Estoy casi seguro de que el «fracaso escolar» (¿éso qué es?) se debe no sólo a las maldades del sistema anterior (la educación en los valores de la ciudadanía, por ejemplo), o a la incompetencia de los docentes y a la irresponsabilidad y pereza de los alumnos en edad de merecer otros resultados, sino al abandono de los dioses, que se fueron de puntillas junto a las buenas costumbres del pasado siempre perfecto.

Cosas extrañas: algunos hablan del Tribunal internacional de Derechos Humanos de Estrasburgo como de un «tribunal de fuera» y no reconocen lo que en su momento se reconoció como propio: que en la jerarquía normativa, la universalidad de los derechos humanos prevalece sobre la doctrina del Supremo y del Constitucional y de las leyes penales (particulares) españolas. A la discrepancia con la sentencia se le añade un incomprensible rechazo de la institución.



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