Haciendo la esquina

06.11.2013 | 03:06

R. Ventura-Melià

Recomiendo a esos escritores que se inclinan por un cierto grado de realismo, sentarse en cualquier esquina y observar. Un gallego ilustre me recuerda que Josep Pla prefería hacer literatura surgida de observación y no de imaginación. Disiento en algo, un escritor observa, oye, recuerda y luego baraja los naipes. Sin montaje no hay película, diría Orson Welles, siguiendo a S. M. Eisentein. Es la única forma de crear sentido, darle un sentido al montón de datos crudos.
Tengo varios puestos de observación. Desde la esquina de Joaquín Costa, puedo ver cómo llega una pareja, es fiesta, a tomar el aperitivo. Luego pasa una expolítica, no sé si catedrática. Ha estado hablando con una vecina. Y tras saludar tiene una pregunta: ¿Eres escritor? Bueno, no sé, he publicado libros que ella no tiene porqué leer. «To be or not to be». Ya dijo Cipriano Ciscar que ella era vaga y una nulidad. Le he de dar la razón 25 años después. La pretendida burguesía culta valenciana es muy limitada. Hay excepciones, como Carmelina Sánchez Cutillas, la poetisa, o Pere Maria Orts, el mecenas. Hay muchas cofradías de bombo mutuo.
Desde otro lugar más recogido, mientras hablo con Eduard Mira de libros y lexicografía (podemos analizar el asunto inmobiliario o la unidad de la lengua que hablamos), miro un patio dieciochesco y eso ayuda mucho a serenar el alma. Aunque él es tan apasionado, sobre todo si me cuenta su accidente en Londres y el proceso que se sigue...
En otra esquina de la milla de oro, me puedo tomar un té frío, mientras el camarero, atendiendo a los numerosos turistas, constata que no podemos ver cine en versión original en el centro de Valencia y que dado el precio de la entrada, cómo no van a bajarse películas o comprarlas en el top manta. Y ahí veo pasar algún aristócrata que va a su trabajo, desde hace años, o llegar los niños bien del colegio de pago y recogerles el papá, vestido de casual look. En eso me viene a pedir el mismo caradura que pide desde hace años en la plaza del Ayuntamiento y que lo dilapidaba en la casa de juegos de Ateneo. Hay un falso tullido, ante el Rialto, que se va a todo trapo en bicicleta.
Es más divertido oír a un israelita que tiene 500 millones de euros para invertir en Valencia. Le digo: «Bussines is not my bussines». A estas alturas... no voy a enmerdarme. Viene avalado por un amigo que en su iPad lleva cientos de fotos de nuestros frenéticos viajes por Europa de los 70. Si fuera Mefistófeles me devolvería la juventud perdida. Es imposible y no sería práctico, me temo.
Seguiré haciendo la esquina. Y acumulando observaciones sobre una ciudad imaginaria llamada Tyris desde 1972 en mis libros. Mientras acabo una novela y pienso la siguiente que igual pasa en tiempos de Ulises o en los de Leónidas. Hace tiempo que me da por la novela histórica, de hecho Atzucac, que presenté a los Premios Octubre en 1974, era eso. Y la que quería premiar Castellet en un premio gordo, Sempre ens quedarà París, también.



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