´Top secret´

06.11.2013 | 03:06

Xavier Latorre

Tengo un viejo amigo medio español, medio argelino, medio saharaui y medio apátrida con el que me intercambio mails. El buen hombre tuvo DNI español cuando su no país era una provincia más como Soria. Luego se lo quitaron, tras huir del napalm y de los andrajosos soldados de reemplazo marroquíes que invadieron su territorio. Hace unos años recuperó su documentación. Para ello tuvo que hacer los mismos trámites que un extranjero cualquiera, obviando su pasado hispano, y estar en nómina de una empresa muchos años, hasta su reciente jubilación. Su dirección de correo electrónico, claro está, lleva caracteres árabes. Y eso, con la que está cayendo, hace que tenga la mosca detrás de la oreja.
Los servicios secretos de mi barrio deben pensar que me ha dado el punto de hacer turismo bélico en Siria o que tengo jugosos discos duros con datos contables comprometedores en la salita todavía sin destruir. Seguro que estoy sometido a un seguimiento en toda regla por alguna agencia de inteligencia. Me he vuelto suspicaz y creo que me espían como a Merkel, a la presidenta brasileña o a gran parte de la diplomacia mundial. Mi caso es de libro, como el de la catalana Sánchez Camacho, que, al parecer, se autoespiaba a sí misma. Para ellos debo ser una fuente de información privilegiada: un día leí tres periódicos seguidos uno detrás de otro en la cola del médico. Han conseguido que me vuelva cauto: cada mañana, sonrío al espejo; tengo las persianas echadas a media asta; tarareo baladas ñoñas de Julio Iglesias por el pasillo de casa; y, por si acaso, me acicalo y me pongo una camisa limpia antes de sentarme un rato frente al ordenador.
Me estoy transformando en un mosqueado neurótico. A mi amigo Buyema le he dicho que se castellanice el nombre y que se llame Pepe durante una temporada. Me he vuelto sumamente reservado, y más aún cuando al llegar a casa el otro día detecté removida la tierra de las macetas; los calcetines del cajón de la cómoda, desemparejados; y en la nevera observé perplejo que faltaba un yogur de piña. ¡Es intolerable! Voy a presentar una queja formal ante el primer organismo internacional que se ponga a tiro. ¿Qué se habrá creído esta gente?
Estoy más que harto. Todas las precauciones que adopte para preservar mi intimidad serán pocas. Para comenzar, esta pasada noche no he aparcado el móvil en la mesita de la habitación como hago siempre para cargarlo. El fiel teléfono, por si las moscas, ha dormido solo en la cocina. No me da la gana que la agente que tengo asignada se entere de que ronco profundamente. ¡A ella qué le importará!



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