El bombero Císcar

08.11.2013 | 02:17

Jesús Civera

Dado que Presidencia vive en en un continuo gabinete de crisis –se diría que en mímesis con el sobrevenido caos de los estudios de Canal 9–, Císcar se ha echado a la espalda la gestión para atajar el vendaval acaecido tras el cierre de la tele. Otra prueba de fuego para el vicepresidente, que parece verse obligado a limpiar los trapos sucios que va dejando el Palau por el camino. Se anuncia el cierre de la cadena y a nadie se le ocurre pensar en el posible vacío de poder en el principal aparato de propaganda de esta tierra. Liquidan Canal 9 y nadie cavila sobre la previsible reacción de unos trabajadores con la carta de despido en la mano, amos y señores por unos días de la televisión. Clausuran RTVV y no prevén el rebote de la directora general pese a sus amplias muestras de rebeldía o envanecimiento. Una cosa parece clara: los cambios en el Palau no han servido para clarificar las cosas. La política oficial de ascensos y los silenciosos arrumbamientos han generado nuevas zozobras. Quizás Fabra entendió mal el mensaje de Cospedal.

La dirección política del ERE le voló de las manos a Císcar porque Fabra lo permitió. A partir de ahí, las responsabilidades del vicepresidente han sido mínimas. Es más. Primero se ha lavado las manos y después ha expuesto en público repetidamente su desacuerdo con las decisiones de Rosa Vidal, haciendo especial hincapié en una: en la repesca famosa, una de las vigas de la nulidad del ERE. Como Vidal sabe de leyes, confiemos en ella, parecía decirse Fabra desde la otra orilla. El resultado está a la vista. Desplazado Císcar de la dirección política, el tándem Fabra/Vidal era muy visible.

Que no se haya enterado la oposición –o que no quiera enterarse, mejor– de la responsabilidad de cada cuál es cosa que compete al reino del politiqueo y de la acumulación de cabezas cortadas de los adversarios. He dicho el reino del politiqueo y debía haber mencionado la selva. Los gestos farrucos –o de perdonavidas– exhibidos ayer en las Corts por la oposición son más propios de las tabernas del XIX que de una institución soberana y representativa. Desde luego, no son modelos de convivencia. ¿Qué dirían esos mismos diputados si un ciudadano se comportara así por la calle? ¿No avisarían a la Guardia Civil? La peripecia del periodista de Canal 9 acosando al vicepresidente en las Corts es, por último, tan lamentable como carnavalesca: tantos años reverenciando esa marca al poder para acabar vejándolo.

La oposición acusa a Císcar porque necesita cobrarse piezas, de acuerdo. ¿Pero y algunos príncipes del PP? A los pocos minutos de hacerse pública la sentencia de nulidad, y dado que el Túria no pasa ya por Valencia, Bellver y Castellano unieron sus voces para defender a Císcar desde una armonía atronadora. Esos apoyos contienen veneno, como se sabe. La evidencia del maléfico espaldarazo sonó en boca de Bellver: era «aventurado» responsabilizar al vicepresidente. Castellano sostuvo la rotunda y rocosa inocencia de Císcar en el caso. El terreno estaba sembrado, y la «víctima», elegida. La apatía del Palau hacía el resto. Y no fue a más el asunto porque Fabra bajó la persiana de RTVV a las pocas horas y el incendio se trasladó de lugar. Desde entonces el fuego ha sido tan intenso y las llamas tan pavorosas, que de nuevo han debido invocar la presencia del «bombero» Císcar para que lo apagara. Se corría el riesgo de que en la remota Alaska o en la vasta sabana sintieran curiosidad sus tribus por contemplar cómo discurría una animada televisión pública, autogestionada y asamblearia, que ponía verde a su tutor. El día en que Císcar se canse de limpiar el Palau y de mandar mensajes de música celestial, tal vez ya exista otro sujeto político en escena: el demonio en forma de tripartito.



Enlaces recomendados: Premios Cine