La transformación

09.11.2013 | 01:58

Francisco Esquivel

Tenemos en chirona a un altísimo ejecutivo que lo fue durante una época dilatada en una de nuestras cajas por excelencia, y a unos mandamases autonómicos, entre cuyas atribuciones figuraba la de velar por el funcionamiento cabal de tales entidades, gobernando a golpe de decreto con tal de dar con la patada que fulmine del modo más expeditivo a la tele de su propiedad que tienen ahí en el patíbulo. No es extraño que responsables públicos de primer rango de aquí y de acullá tengan que pedir perdón por la forma de proceder un día sí y otro también. La deriva es atroz para qué engañarnos, ahora que Canal 9 ya ni lo intenta.
Recuerdo cuando ponerse al frente de un medio era una culminación y la antesala de una tarea de aúpa y disfrute. El recién encargado de enterrar el ente diabólico ha alcanzado unas cotas difíciles de superar. Le aguarda un ambientazo. Tanto que, aunque sepa que con la tevetrés no nos juntamos, igual pide que los mossos sí que lo secunden.
Duele recordar lo que determinadas instituciones han significado para el enriquecimiento „ojo„ educativo y cultural. Las aportaciones que, desde iniciativas de todo tipo y desde sus centros y aulas esparcidos por el mismo territorio que hoy huele a azufre, prestaron a la comunidad.
Los ejemplos son innumerables. Permítanme uno. La intervención al alimón de Saramago „todo junto„ y de Haro Tecglen, de la que cientos de paisanos disfrutaron de lo lindo. Perece que fue ayer pero, en realidad, de algo así tiene que hacer siglos. La exposición del escritor portugués fue más que una delicia. Fue toda una declaración de intenciones de las suyas, en la que una idea sobresalía: la ética del comportamiento. Algunos de los que hoy están señalados por la Audiencia Nacional o en capilla asentían entusiasmados a aquel compromiso con la dignidad y el buen hacer. Lógicamente los dos ponentes están muertos. Algunos de los vivos, infinitamente más.



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