Otra vida es posible

Pedro Jesús Teruel

13.11.2013 | 05:30

En su libro Juntos, citado por Manuel Cruz en un espléndido artículo reciente, Richard Sennett señala que «estamos perdiendo las habilidades de cooperación necesarias para el funcionamiento de una sociedad compleja». Se trata de una tesis arriesgada; pero, dejando para otro foro la discusión del asunto, sí hay indicios de que esto está sucediendo.
Pienso, por ejemplo, en los frutos del sistema socioeducativo. A golpe de pelotazo inmobiliario y de telebasura, en las últimas décadas se ha inculcado en no pocos de nuestros jóvenes la convicción de que para vivir bien no haría falta formarse bien; bastaría con obtener unos papeles (diplomas) que dan acceso al trabajo. La prioridad estaría en colocarse para acceder a una cierta calidad de vida, no en contribuir al bien común. Súmese a ello el desnortamiento promovido por un especialismo corto de miras, la injerencia salvaje de la burocracia y la sumisión creciente del sistema educativo al mercado: se deriva la desactivación „desde dentro„ de una de las instancias críticas de la sociedad.
No asistimos a la difusión democrática del conocimiento, sino a su restricción elitista; y esto, no ya porque los jóvenes carezcan de medios para acceder al conocimiento, sino porque la relevancia personal y social del saber ha sido empañada en el imaginario colectivo. La ha suplantado la calidad de vida interpretada como capacidad de adquisición de productos y servicios. No es a un corazón sabio, sino a un bolsillo razonablemente lleno a lo que aspira el joven crecido a la vera de Telecinco y sus acólitos. Inoculando esta tendencia, el neocapitalismo instaura su ley como horizonte felicitario y cancela aquellos otros horizontes que ensanchan la vida: la belleza de ser solidarios, la necesidad de cultivar el bien, la urgencia de buscar la verdad; escorzos de lo fieramente humano que se reflejan en una existencia compartida.
El empuje de las nuevas generaciones „cada una aporta algo específico„ amenaza con caer en saco roto. Y es que no hallan el modo de sumarse al proyecto colectivo, precisamente porque el espacio común se desdibuja bajo la pulsión de consumo, que es individualista de suyo. Entre lisonjas que adormecen el sentido crítico, el neocapitalismo rebaja al ser humano.
Pero otra vida es posible. La coyuntura actual ha de contribuir a acrecentar nuestra conciencia de que la necesitamos. Y luchar por abrazarla forma parte de nuestra tarea histórica.



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