El derroche español

Martín Quirós Palau

14.11.2013 | 05:30

Siempre nos han catalogado mejor los extranjeros. Hace más de un siglo, Nietzche, hablando de nosotros, decía: «Los españoles, los españoles, he ahí a hombres que siempre han querido ser demasiado». Y eso que no había conocido a nuestras autonomías.
Esos españoles somos los que en veinte años hemos construido 3.100 kilómetros de AVE (más que nadie), 16.000 de autovías y autopistas (más que nadie), 133 aeropuertos entre públicos, privados y bases aéreas (más que nadie), 942 grandes superficies, 32 grandes auditorios, 24 grandes circuitos de carreras, organizado competiciones mundiales de motocicletas, automóviles, veleros, aviones... „había carreras de todo lo que se movía„, edificado una red de hoteles y residencias orgullo y enseña de España y desarrollado una cantidad ingente de clubs naúticos y campos de golf, envidia del mundo mundial. Además de unos Juegos Olímpicos y dos Exposiciones Universales . Vamos, los más grandes sin lugar a dudas. Qué poderío.
Pero ¿podíamos soportarlo? Pues no, y a la situación actual me remito. Porque lo relatado se ha pagado alegremente con deuda y con más deuda, de modo que la acumulada en este momento entre pública y privada es del 323 % del PIB, lo que quiere decir que los españoles debemos 3,3 billones de euros. Pero como solo somos capaces de producir 1 billón al año, tendríamos que trabajar más de tres años entregando todo lo que producimos para amortizar la deuda. Y mientras se llega a eso hay que pagar intereses „unos 150.000 millones de euros al año„ que tenemos que restar de sanidad, obra pública, pensiones, enseñanza, ejército, etc.
Ha sido la locura de las autonomías la que nos ha llevado a esta situación, ya que parecía necesario que todas debían tener parque temático, circuito de carreras, aeropuerto, sala multimedia, orquesta oficial, ballet, compañía de teatro y Audis, muchos Audis para representación de las autoridades. Y así estamos, endeudados hasta las cejas y sin que nadie quiera aflojar en su proyecto autonómico, porque por ahora la única solución que aportan es la de exigir mayores transferencias de dinero del Estado.
En esto, Suárez se equivocó de la cruz a la firma, porque siempre tenía prisas por ser el primero. Por eso dos años antes de la Constitución que creó las autonomías, él ya autorizó las llamadas pre-autonomías en toda España. Y cuando llegaron reconocidas en el Título VIII estaban de hecho implantadas. Hasta que no reconstruyamos entre todos ese Título VIII con las competencias y límites que son necesarios para seguir siendo una España, iremos de golpe en golpe, de derroche en derroche y en bronca permanente. Por ahí habrá que empezar, y cuanto antes, para reconducir esa deuda agobiante que amenaza el futuro estable de ese grupo de hombres «que siempre quiso ser demasiado».



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