La amarga vida de un carro de postres

17.11.2013 | 00:42

Antonio Vergara

Actualmente, ya no hay, en general, carro de postres. Los primeros en eliminarlo fueron Ferran Adrià y Juli Soler (El Bulli) en la década de los años ochenta del siglo XX. El carro de postres y los pasteleros encargados de atiborrarlo se merecen un homenaje y también un cuento, infantil y dramático al mismo tiempo, como el de esta semana.

La acción se desarrolla, naturalmente, en Francia. A las 12:40 horas, en el restaurante Le Toison d´Or (Burdeos), el jefe de pastelería, Dupont, comienza a extraer de la nevera toda la pâtisserie del día e incluso alguna del anterior. La voiture de postres ya está aparcada junto al frigorífico. La noche anterior, el carro ha bebido alguna copa (por más señas, cierto aguardiente de Alsacia) y le cuesta mantenerse sobre sus ruedas, por otro lado ya demasiado gastadas. El carro va a jubilarse luego de ocho servicios más.

Llegar hasta les tables de Le Toison d´Or „53 años esquivando mesas, clientes, personal del comedor y a su rival, el carro de quesos„ a la hora en punto de los postres empalagosos, nunca fue fácil. A causa del tráfago de la circulación, se presentó tarde un día, ¡y a la hora de los postres! No fue despedido inmediatamente por su abnegada entrega de lustros.

Más de medio siglo caminando de casa al restaurante, y de éste a casa. Y recorriendo en el comedor una media de 21 kilómetros diarios. Desde las 13:50 a las 16:45, y desde las 21:18 a las 23:05. Y sobre sus piernas, sin un motor de explosión que lo aliviara. Tantos años endulzando, de un lado a otro, a los clientes, le habían ocasionado un severo cuadro varicoso y enfisema pulmonar por culpa de los fumadores.

Dupont depositaba sobre monsieur Anquetil „seudónimo ciclista del carro„ la mítica pâtisserie de Le Toison d´Or. Pastel parisién, Alexandra, Boris Goudonov, Victor Hugo, Chevalier, Lola Montes, Josephine Baker o bavaroise Zar Nicolás II. Así como es incuestionable que existe el peso de la púrpura, del mismo modo pensaba monsieur Anquetil de su oficio. Siempre cargado de plúmbea pâtisserie.

El jefe de pastelería no se apiadaba jamás del carro. Una vez se le escurrió una de las decimonónicas y recargadas tartas, que, obedeciendo a la ley de la gravedad, cayó al suelo a mucha más velocidad que la manzana de Newton. Un cliente británico, suscrito a las obras completas de Art Butchwald, comentó: «Ha caído por su propio peso».

El ya anciano carro Anquetil estuvo de baja en 1937, 1942, 1958, 1961,1971 y 1994 por fisuras en las costillas, contracturas en las vértebras cervicales y desgarro lumbar. Pero no fueron éstos los únicos accidentes laborales que padeció. En 1959 reventó una de sus ruedas en pleno servicio y se precipitó por las escaleras del comedor privado de Le Toison d´Or. Leve conmoción cerebral, fractura del peroné y rotura de ligamentos.

En otra ocasión (1984), el descuido y la irresponsabilidad (¿o fue, tal vez, una acción dolosa?) del camarero que lo pilotaba terminó con su ingreso en L´Hôpital des Voitures de Démenagéments, o Carros de Mudanzas. El quirófano de Carros de Postres estaba al completo. Anquetil, tras este accidente (¿fortuito?) fue el líder del Sindicato Unificado de Carros de Postre. A pesar de la presión y de las manifestaciones „concentración silenciosa de todos los carros del país, sin pasteles, ante la Dirección General de Tráfico„ nunca fue atendida la reivindicación de que las empresas instalaran semáforos en el comedor para regular el tránsito.

Anquetil propuso al sindicato una manifestación slasptick ante esa dirección general. Homenajeando al slapstick del cine mudo norteamericano y sus batallas de pasteles y tartas, todos los carros afiliados lanzaron su munición pastelera contra la fachada y los despachos. Varias docenas de funcionarios contrajeron diabetes en un alto grado.

El cuerpo de Anquetil apareció muerto (4-8-1998) sobre la moqueta polvorienta de Le Toison d´Or, cubierto de pasteles, mousses y pétreas gelatinas. Su rictus era de felicidad. Los escasos carros que aún quedaban en el mundo asistieron al entierro y su viuda condecoró el ataúd con la Orden del Trésor de Lancôme.



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