El vicepresidente y el picudo

Xavier Ribera

24.11.2013 | 05:30

Si yo hubiera estado en la piel de Juan Juliá, exrector de la Universidad Politécnica de Valencia, a la hora de presentar a José Císcar, vicepresidente de la Generalitat, nunca habría sido tan encomiástico y me hubiera acercado, en lo posible, a la ecuanimidad. Esto ocurrió ante una nutrida audiencia donde predominaban gentes afines. No se hace ningún favor, sino todo lo contrario, cuando, movido por el irrefrenable afán de ensalzar al conferenciante, el presentador cae en el exceso de retórica, para confundir la amistad con apología del elogio.
Con la mirada próxima y atenta del president del Consell, Alberto Fabra, bastaba para comprender que aquel encuentro no era uno más. Con la herida abierta del anuncio de cierre de RTVV en la rabiosa actualidad y con el telón de fondo del informe reciente de otros sabios escogidos sobre la financiación autonómica y la desesperada situación de insolvencia por la que pasan las arcas públicas valencianas, era previsible que se movieran todos los resortes del Partido Popular para que se sintiera arropado el exalcalde de Teulada. En pleno vendaval político le había correspondido actuar en escenario adverso, propiciado por una decisión que ha marcado, se quiera o no, la tarea de gobierno de Fabra.
En un discurso estructurado, Císcar se iba preguntando y respondiendo, en un esfuerzo ventajista por adelantarse a las posibles críticas y a las expectativas de un público, en su mayoría afín. A los asistentes se les notaba aquejados de una cierta ansiedad por sentir que sus líderes, allí representados en el vicepresidente, son capaces de argumentar explicaciones que rezuman convicción.
Comenzó con el autobombo de la austeridad, la estabilidad y la sostenibilidad. Muchas referencias a los planes de ajuste que arreciaron en el inicio de 2012. Todo, por supuesto, para preservar la educación y la sanidad, pilares del llamado Estado de Bienestar, junto con las políticas sociales que se llevan el 86 % del presupuesto autonómico. Con el 14 % restante se ha de hacer lo demás. El Consell no está dispuesto a pagar una radiotelevisión que se les ha ido de las manos con casi 1700 empleados.
Después llegaron los consabidos reproches porque, según Císcar, nadie protestaba cuando se disfrutó de las retransmisiones futbolísticas que tantos adeptos tienen (aplausos), singularmente cuando se trataba de seguir a los equipos deportivos valencianos. Todo muy ilustrativo y diverso, si no fuera porque la encrucijada es trágica.
Coincidía en el tiempo y no casualmente con el contenido del informe elaborado por el comité de sabios entresacados de los galardonados con los Premios Jaime I. Resulta peculiar que, tras el documento reciente de los otros expertos, vengan ahora personajes como Jaime Lamo de Espinosa, José Barea, Ramón Tamames, Pedro Schwartz o Juan Velarde, a diagnosticar el mal que padecemos. No contentos con analizar las causas que ya descubrieron otros, este oráculo se ha permitido avanzar algunas de las medidas que se tendrían que adoptar, a su juicio, para que la Comunitat Valenciana pueda alzar el vuelo. Todo muy casual, coincidente y demasiado elaborado para convencer a la sociedad de que la culpa la tienen quienes no quieren solucionarnos la dolencia que padecemos de déficit en las aportaciones del Estado. Lesiva e injusta financiación, en definitiva.
No es nueva la advertencia de que si no se puede pagar el gasto de determinadas competencias, habría que contemplar su devolución a la Administración central. Las primeras de la lista: sanidad y educación. Si eso ocurriera, el gobierno autonómico valenciano se puede dar por liquidado. Como muestra de lo impresentable, blasonó ante la clientela el ahorro de 2000 millones de euros que había supuesto la «lucha» contra el absentismo de los funcionarios y que incluye la medida más injusta que se ha adoptado con la penalización a los empleados públicos enfermos, cuando son dados de baja por los facultativos del Servei Valencià de Salut que depende de la Generalitat. Si no saben gestionar, que se dediquen a otra cosa, pero que no se ensañen con los impedidos ni obliguen con sus caprichos a que los empleados públicos acaben yendo a trabajar con 40 grados de fiebre y en condiciones infrahumanas, para evitar que les mermen, aún más, su menguado sueldo.
Cuando un asistente pensó que había intervenido el también conseller de Agricultura, le formuló, por escrito, su inquietud ante lo poco que estaba haciendo su conselleria para erradicar la epidemia del picudo, que está acabando con las palmeras y le pedía que explicara si queremos tener un paisaje con palmerales o no. Por supuesto, esta pregunta concreta, como tantas otras, quedó sin respuesta, cuando fue filtrada y desechada por los medidores: no merecía la pena.



Enlaces recomendados: Premios Cine