Artur Heras

Emili Piera

28.11.2013 | 05:30

No pude ver hasta ahora la exposición de Artur Heras en el Palau dels Valeriola, a cent metres du centre du monde que, por si alguien aún lo duda, es el Mercat Central. Seguirá abierta hasta la noche de Reyes (que vienen de Perpinyà) y tomemos este término como presagio de ensueño pues aquí tenemos una joya dentro de otra o una creación que contiene otras muchas, como en la ostra, en donde uno no sabe si admirar más el fulgor de la perla o el ensimismamiento matérico de las valvas: gótico civil y Artur Heras. ¿Será el mismo palacio donde unas buenas gentes animaron, hace años, cierta Academia de los Nocturnos disfrazados de Guillem de Castro y demás personajes de su cuadrilla literaria?
La exposición es de pago, la fundación privada y el catálogo cuesta veinte euros: es una forma, como otra cualquiera, de medir el interés del público y a mí me interesa mucho este pintor, así que me quedé con el lote completo. Heras tiene experiencia como gestor cultural, pero como una vez me lo preguntó, le dije que le prefería como artista: para la gerencia cultural vale un tipo despierto que no fantasee con la contabilidad; en cambio, en estos tiempos confusos y hasta caóticos, la pintura ha regresado a su viejo estatus de labor artesana y diligente en la que, a veces, destella la potencia de la obra única. No parece que los poderes terrenales sientan la necesidad de controlar nuestro imaginario, más allá de la juguetería digital y los lances de sociedad.
Heras ha pintado y expuesto más en los diez primeros años del nuevo milenio que en cualquier década anterior porque puede y quiere y quizás también porque mira de reojo el tiempo cicatero, su aceleración y vértigo. Y pinta los cuadros más grandes (eso se nota porque la muestra es retrospectiva), libres de fáciles alegorías juveniles, luminosos y anochecidos, con el azul ultramar de la lejanía. Cualquier cuadro de Heras siempre está a punto de saltar al cartel o al caligrama pero, por suerte, no consuma el movimiento conceptuoso y resta el trazo preciso, sí. Pero también la burla, el tesoro hundido, la plata esquiva de los peces.



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