El símbolo contra los símbolos del PP

Jesús Civera

28.11.2013 | 05:30

Antes de que naciera el PP, la derecha valenciana, desde su habitual contundencia, ya intentaba –y lo logró– patrimonializar los sentimientos valencianos lanzando dardos diabólicos «contra» los corazones de la ciudadanía, comunmente maleable. Obtuvo éxitos fantásticos y también consecuencias dramáticas: una división social cuyos coletazos aún perduran. Para legitimarse mediante esos oficios perversos hubo de declarar una guerra contra el enemigo exterior – los catalanes en su variante luciferina–, y para ganarla se sirvió de símbolos, iconografías y tradicionaes que el personal identificaba como propias. En lugar de armas, símbolos. Hubo también que excitar a todo el mapa patriótico de valores de los romanticismos más conservadores sobre una idea clásica: o vida o muerte. La muerte era la de la patria, amenazada por un imaginario según el cual nos jugábamos el futuro como pueblo. La simulación virtual, que otorgó grandes réditos políticos, era un fraude, como confirman las encuestas actuales: la identificación con el sentimiento español aplasta a la identidad estrictamente valenciana. Todo ese proceso de captación de voluntades no se hubiera podido fabricar sin el breve catálogo de símbolos que la derecha sacó a pasear (una simbología que, años más tarde, entronizaría y amoldaría el PP), un día el nombre de la lengua, otro el del territorio, otro los colorines de la senyera, otro las partituras del suecano Serrano. Los símbolos son determinantes para encauzar, o alancear, una opinión pública.
Hoy el PP ha embarrancado en el mismo imaginario. Canal 9 es un símbolo que el mismo PP ha ayudado a crear. Y ahí –al igual que entonces– las razones y los argumentarios se estrellan contra un muro inexpugnable. La TVV pertenece al patrimonio valenciano, y es imposible explicar su extinción, por mucho que añadas después el aritmético sacrificio para la salvación de la sanidad o la educación. No se admite, al igual que entonces no se admitía que algún foráneo nos quisiera robar «lo nostre». A partir de ahora, el PP habrá de lidiar con ese problema, agravado porque ninguna autonomía ha liquidado su televisión, y menos las que se organizan en torno a una cohesión lingüística diferenciada.
El éxito del método Calabuig. Un conseller me decía el otro día: «ganaremos las elecciones, y lo haremos porque tenemos enfrente un PSOE muy débil. Si estuviera fuerte, ya sería otro cantar». Es cierto. El enemigo del PSPV es el propio PSPV, al que le falta aliento, porque no cree en su futuro, y porque es una organización enflaquecida tras años de desierto, cuyo atribulado estado anímico apenas han renovado las sucesivas direcciones. Con la anterior, la que salió cuando Ximo Puig entró, se perdieron 6.000 militantes, que se dice pronto. Una sangría. Puig posee autoridad moral, ha generado complicidades y abierto espacios sociales –se ha hecho visible– pero para levantar un velatorio se han de conjugar muchos más estímulos. Ya se ha demostrado que el método iniciado por Joan Calabuig en Valencia está haciendo fortuna. Una fórmula explícita de contacto social que reemplaza los métodos clásicos. Cien vecinos, diez por mesa (y en cada mesa un militante o dirigente que acepta objeciones sin réplica o tutela) en torno a un bocata o alguna vianda humilde. Se está peinando Valencia de arriba a abajo con esa vía de deliberación abierta. ¿Lo están imitando los diputados o dirigentes en las comarcas? Me temo que no. Por eso, entre otras cosas, el conseller tenía razón.



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