Las Corts de las descalificaciones

Jesús Civera

29.11.2013 | 02:33

No fue el primero, pero Montaigne escaló una de la cumbres mayores. No estamos acostumbrados a dialogar con serenidad cuando se nos contradice. Por otra pate, el orgullo puede más que la razón: en lugar de buscar la verdad con palabras prudentes, combatimos al «adversario» con necedades. Las Corts, salvo excepciones debidas, dan vergüenza: ataques bestiales, descalificaciones que embrutecerían a un desdeñoso, maledicencias personales, ignominias, menosprecios, amenazas e improperios. Un material que humillaría a un ilustrado y que avergonzaría a un cuadrúpedo. Los estados de cólera no son buenos consejeros: es más, están prohibidos por la honradez y la rectitud. Dicho esto, hay que ponerle matices al campo. Hacerse cargo de las singularidades. Consentimos que un niño se mee en la cuna o que los ancianos goteen debido a las debilidades prostáticas por no salirnos de las acuosidades. Estos días la ira se desprende de las almas de los diputados dado el desenlace abrupto de Canal 9. Es comprensible. ¿Pero hasta llegar a los puños? ¿A la razón de los puños esgrimida por los fascismos? Vivimos excesos muy evidentes, saqueos bárbaros, gestiones marcadas por el despropósito, pero también sabemos que las ortodoxias de la izquierda y de la derecha son tan obstinadas como las columnas de Palladio y moran en cuartos permanentemente incomunicados. Y que es muy difícil que se apeen de sus juicios para «aceptar» el de los otros. Ése es el principal problema. Porque es el que desemboca en la lógica de la descalificación personal y del enojo impasible. La Cámara valenciana se ha convertido en la Cámara de las ofensas, es decir, en un espectáculo donde el hipogastrio se ha coronado como rey, las vísceras vuelan a su aire y los faltones cocinan su propia salsa. ¿Qué tiene que ver ese pandemónium con el mandato ciudadano según el cual los representados otorgan un «préstamo» temporal a sus representantes para la buena administración del bien común? Cuando los representados observan que sus votos se traducen en un bordado de chismografía, la desafección ha de ser evidente. ¿Es que se les concedió el crédito para que acudieran al templo soberano a cruzar sables maldicientes con el presidente o los síndics de la oposición? Para esa elemental tarea basta con invitar a unos acerados señores de la calle dispuestos a todo. ¿No se les eligió para elaborar políticas, presentar alternativas que mejoren la esfera pública o enriquecer la convivencia ciudadana? Ciudadanos más respetuosos y más libres, y con más derechos: ése es el destino. ¿Contribuyen los insultos a acrecentar el respeto por los demás? En la Cámara de las Descalificaciones vuelan las bragas y los calzoncillos, las intimidaciones y los galleos. Clases magistrales de tolerancia y de entendimiento, ya se ve. Un documental de La 2 sobre etología o un programa televisivo sobre cotilleos permutarían el escenario.
La antología de la decepción podría llenar volúmenes enteros, pero el desconcierto es todavía mayor para los que habitaron la Transición. Nadie entiende para qué sirve llenar los rostros de sangre. ¿Qué tiene que ver ese repertorio reaccionario con la representación benéfica de la política? ¿Y qué hace la izquierda lanzando cepillos al profesor en la pizarra? Aquí o en Londres, son actos distorsionadores de la deliberación democrática, de la que se ha de extraer, necesariamente, una síntesis. ¿No es esa la naturaleza de la discusión política?



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