18 de marzo de 2014
18.03.2014

La gran reforma

18.03.2014 | 05:30

José Luis Villacañas

Una de las cosas más destacadas de la semana ha sido, sin duda, la entrevista de Rajoy en el Abc del domingo. Como siempre, lo más importante de Rajoy es ese cierto maquiavelismo que ya se le empieza a reconocer. No nos recuerda el retrato de César Borgia ni se presenta como un arrojado y virtuoso condottiero, portador de armas propias suficientes para refundar la res publica. Desde luego, el león y el centauro no se traslucen por ningún rasgo de su fisonomía. Pero la raposa astuta comienza a asomar por sus cuatro costados con creciente nitidez. Rajoy ha logrado sus objetivos al margen de la consigna del secretario florentino. No es ni completamente bueno ni completamente malo. No es amado ni temido. Pero sus enemigos caen uno a uno, mientras él sigue sin inclinarse por ninguna de aquellas actitudes ni buscar ninguno de estos sentimientos en los demás. Lo suyo es la indiferencia, pero no hay duda de que la ejerce con la superioridad olímpica de quien sabe que el tiempo juega a su favor. Al variar de forma tan efectiva sobre la doctrina de Maquiavelo, Rajoy forma parte de la serie de políticos españoles que miraron de reojo al florentino y lo recrearon en tierras españolas, aunque fuera sin confesarlo, produciendo un fértil maquiavelismo hispano.
En esto sigue a su gran maestro, el general Franco, de quien alguien muy favorable de su figura y defensor de su obra dijo que, a lo sumo, su figura representaba la banalidad del bien. Creo que esto se podría decir con mucha más razón de Rajoy, cuando seamos capaces de olvidar su relación con Bárcenas, quien por cierto se pudre como muchos otros que recibieron las flechas de su condena olímpica. No sólo se trata de pasividad. En medio de la indiferencia pasiva, también deja ver la mano, pero al modo hispano, mucho después de que nos llegue la pedrada. Nadie en la reciente democracia ha conseguido, por ejemplo, determinar la vida interna de los medios de comunicación tanto como él. Es verdad que nunca los grandes periódicos han sido tan dependientes de los gobiernos, pero sea como sea nadie ha sido capaz de intervenir en el cambio de dirección de tres medios tan fundamentales como El Mundo, El País y La Vanguardia. Cuando voy por ahí y alguien me pregunta si se está moviendo algo, mi respuesta más convincente es decir que algo debe moverse cuando cambian las direcciones de los periódicos más importantes en tan poco tiempo.
Pero ahora hay una razón mucho más fuerte. El propio Rajoy lo ha dejado caer, como el que no quiere la cosa. Algo de aquella banalidad ha dejado en todas las respuestas de su entrevista en el Abc. Pero incluso ahí se nos muestra a su manera discípulo de Maquiavelo. No es que siga al pie de la letra aquel consejo „decir pocas verdades en medio de muchas mentiras, de tal manera que todo parezca confuso y no se pueda identificar dónde está la clave, aquello que se quiere decir„ pero a su manera logra algo parecido: decir algo muy importante en medio de simplezas y obviedades. Y así lo ha hecho en dicha entrevista. En la selva de trivialidades, Rajoy ha dicho literalmente: «La gran reforma de la Constitución Española vendrá de Europa».
¿Qué ha querido decir Rajoy con esta frase? Pues en efecto, las dificultades seculares para reformar la Constitución española quedaron allanadas cuando se trató de introducir la obligación de pagar la deuda española, el compromiso de no declarar la suspensión de pagos, una vieja afición hispana. ¿Quiere decir Rajoy que todavía quedan muchas reformas como aquella y que nos vendrán impuestas por la UE? No. Ha dicho que la Constitución española ha de ser objeto de una gran reforma. ¿Pero cuál? ¿Qué reforma de la Constitución podría ser la grande? ¿Y cómo puede venir algo así impuesto por la Unión Europea? ¿Quién convencerá a la UE de que sus intereses no sólo pasan por cobrar su deuda, sino también por intervenir en la reforma de la Constitución española? ¿Quién recurrirá a ella? ¿Cómo se hará? No lo sabemos. Júpiter olímpico se ha dignado a hablar a los mortales y, ya se sabe, su habla oracular sólo indica, sugiere, sugestiona, pero no comunica propiamente. Deja que el tiempo siga su curso y su obra. Él no revela lo que contiene en su seno. Simplemente anuncia que alberga algo.
¿Tiene que ver este comentario con el sorprendente hecho de que todavía no elija candidato para encabezar la lista del Partido Popular para las próximas elecciones europeas? Es posible. Si de Europa nos ha de venir la gran reforma de la Constitución que ya echamos de menos hace mucho tiempo, entonces hay que elegir bien al candidato. Para dirigir la política europea de agricultura, Arias Cañete parece bueno, pero para esta otra cuestión constitucional, nos parece algo rudo. Además, quizá esta salida de Rajoy, así dicha entre líneas, pueda ser la respuesta a la última manifestación de Artur Mas, que nos ha sorprendido con la más extrema de sus manifestaciones, y desde luego la más cuestionable. Ya tiempo atrás había hecho comentarios pintorescos acerca de que Cataluña podía disponer del euro como Kosovo lo hace, pero ahora ha ido un poco más allá: ha decidido parecerse por entero a Kosovo con la afirmación de que no excluye la declaración unilateral de la independencia de Cataluña. Más sorprendente todavía ha sido su argumento: dejar fuera de consideración esta posibilidad sería debilitar la negociación sobre el referéndum. El president no ha comprendido que ha llevado muy mal eso que él llama «negociación» y no ha reparado en que su pulso ha sido unilateral desde el principio. No ha comprendido el tiempo largo de Rajoy, que ahora ya vemos que poco a poco está desmontando el aznarismo, condición fundamental de todo avance en España. Este adicional comentario de Mas no es sino la insistencia en una lógica que rompe toda práctica civilizada. Ahora no sólo se parecerá a Kosovo, sino a Crimea, una comparación que no mejora mucho la causa histórica de Cataluña. En Europa este comentario no habrá sido bien recibido.
Para los que creemos que en la Constitución española cabe esa causa histórica de Cataluña (en la medida en que sea plenamente fiel a lo que siempre fue Cataluña cuando se sintió cómoda y libre, en los momentos de gloria y plenitud, cuando existió como una república o principado coronado bajo el rey de Aragón y luego bajo la monarquía hispánica, con capacidad propia de dirección política y de llegar a consensos y disensos con los distintos gobiernos regios peninsulares), es una buena noticia que se reconozca que está por hacer una gran reforma de la Constitución española. Reconocer que esa reforma se ha de hacer con la mediación europea, si es que Rajoy ha querido decir algo parecido a esto, es un gran alivio. Por ahora sabemos que el PSOE de Rubalcaba está en el ajo, lo que quizá sea un motivo de esperanza. Porque cualquiera que esté informado y sepa algo de la historia de España, ha de saber que Cataluña es un territorio hispano, sí, pero especial en su constitución existencial y política desde hace más de un milenio. Y eso han de aceptarlo todos los demás actores políticos españoles, que no pueden reclamar la homogeneidad absoluta con ella. Dado el espíritu cazurro y miope de muchos de ellos, es fácil que no logren percibir lo que es evidente para todo el que lea cualquier libro serio de Historia. Si es de derechas, que lea a Elías de Tejada. Si es de izquierdas, que lea a Tuñón de Lara. No hace falta recurrir a ese congreso tan unilateral de hace meses que sembró tanta irritación. Todos los grandes autores le informarán con más o menos solvencia.
Sobre el problema catalán se ha perdido sensibilidad, y esa brutalidad intelectual ha aumentado las probabilidades de conflicto civil. Europa podría ser la última ratio para que se abra paso el sentido común, porque sin ninguna duda Cataluña es un problema español y europeo. Los gobernantes regionales cuyas instituciones existen desde hace apenas treinta años, no pueden bloquear ese reconocimiento. No es que no tengan derechos en juego, pero no pueden imponerlos a costa de dañar los de Cataluña. El gran pueblo que según Rajoy es el español, debería estar en condiciones de resolver ese conflicto desde la inteligencia, el diálogo sereno y la discreción. Pero si no es así, como parece, habrá que recurrir a otros actores implicados, las instituciones europeas. La condición ya la conocemos. Poner el reloj a cero tras las próximas elecciones catalanas de otoño, con nuevos actores y nuevas estrategias.

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