10 de abril de 2015
10.04.2015

Crisis moral, populismo y nueva burbuja inmobiliaria

10.04.2015 | 04:15

Dicen algunos filósofos que la vida es un eterno retorno, los acontecimientos siguen reglas estrictas que fuerzan una y otra vez a la repetición. Fue el alemán Friedrich Nietzsche quien planteó que no solo son los acontecimientos los que se repiten sino que también vuelven los pensamientos, sentimientos e ideas, vez tras vez, en una repetición infinita e incansable. En su célebre obra Así habló Zaratustra ya incidió en esta teoría. De acuerdo con este pensamiento, la vida es fugacidad, nacimiento, duración y muerte, no hay en ella nada permanente pero podemos recuperar la noción de permanencia si hacemos que el propio instante dure eternamente, no porque no se acabe nunca (lo cual haría imposible la aparición de otros instantes, de otros sucesos) sino porque se repite sin fin, uno de esos bucles de la nueva cultura audiovisual, un conjunto de imágenes que van y vuelven, van y vuelven hasta el infinito. En cierto modo, y aunque pueda parecer paradójico, Nietzsche consigue con esta tesis hacer de la vida lo Absoluto.

Ciertamente, cuando uno utiliza cualquier medio de comunicación se da cuenta de que hay situaciones que tienden a repetirse hasta la exasperación: la crisis económica (de cada década), la corrupción de los políticos (que suele resolverse en magníficas medidas de gracia por el partido del gobierno), la independencia de Cataluña (el ínclito Artur Mas se reencarnará de aquí hasta el final de los tiempos hasta que consiga convocar y ganar su referéndum), la escandalosa contratación de futbolistas por los equipos de primera división (sin que existan topes salariales como hay en algunos países próximos), la congelación de las pensiones (hasta que todos los ancianos que sobran vayan pasando al otro reino), la rebaja salarial que penosos organismos internacionales se empeñan en amarrar para nuestro país (única manera de que los empresarios empiecen a dar contratos-basura a diestro y siniestro), las ejecuciones sumarias de los yihadistas tan amantes de la decapitación de sus rehenes (sin que las potencias occidentales consigan vencer en tamaña empresa), la flagrante injusticia que viven los palestinos y los saharauis, etcétera, etcétera.

Ahora que, con parámetros económicos, estamos librando la III Guerra Mundial en este inicio de siglo más bien miserable nos damos cuenta de que una vez más nos habían engañado. Las grandes teorías sociopolíticas, casi en la misma línea de las grandes religiones, pueden haber constituido un puro fiasco insostenible. ¿Será posible un nuevo capitalismo, un socialismo integrador? Que se lo pregunten a los chinos, capaces de rizar el rizo inventando un comunismo capitalista, síntesis productiva que se va a convertir en la primera potencia universal de aquí a la vuelta de la esquina. En esta descomunal crisis de valores, en medio de tantas recesiones/recuperaciones/inflaciones/deflaciones, los populismos van a florecer con tal intensidad que Le Pen, los neonazis griegos, los independentismos de última hornada o hasta los filochavistas de Podemos van a recoger suficientes frutos en las urnas y con ellos pondrán en cuestión nuestra forma de vida.

El gigante del comercio electrónico chino se llama Alibabá (¿faltan los 40 ladrones del cuento, o ya están incluidos?) y se presentó con éxito descomunal en la bolsa neoyorquina, la catedral laica de Wall Street en la cual cada segundo las oraciones se transforman en miles de millones. El éxito tan apoteósico de este estreno, con una subida inicial del 36 por ciento, rubrica el hecho de que estamos ante la mayor corporación que se estrena en la bolsa de la capital económica del mundo, colocándose de este modo entre las 20 mayores compañías cotizadas del planeta. Nada más presentarse en sociedad, estos chinos aguerridos se colocaron en la posición décimo octava en la lista de las mayores compañías del mundo por capitalización bursátil, codeándose con petroleras, bancos, Facebook, Twitter, Amazon, etc. Y tan solo están empezando con su invento.

De su reciente viaje al gigante chino, el presidente Rajoy ha obtenido una sustanciosa oferta. Y se trata, nada menos, de que unas cuantas de las grandes fortunas de aquel país están muy interesadas a lanzarse a construir en España. Eso sí: le piden al presidente de aquí que consiga una bajada importante de los precios de los terrenos edificables en poder de los bancos para adquirirlos por cuatro perras y levantar promociones inmobiliarias con sus empresas. Es decir que los magnates de allá, cultivados en pleno caldo de partido único y represión de las libertades, están más que dispuestos a ejecutar una burbuja inmobiliaria que deje chiquita a la que todavía padecemos.
Esta maravillosa propuesta contribuiría, qué duda cabe, a generar miles y miles de puestos de trabajo pagados con unos salarios -qué duda cabe- al nivel de los que disfrutan en el gigante asiático, y nos pondría en el camino de la superación de la pérfida crisis que nos atenaza y nos deprime un día sí y al siguiente también.

Ya ven: cuando uno relee a Nietzsche parece que está alumbrando los episodios inenarrables del eterno retorno. Para ese viaje no se necesitaban grandes alforjas, porque estos sabios de oriente nos vienen a demostrar que hemos pasado de aquellas premisas del esfuerzo, la aplicación y el trabajo como elementos condicionantes del triunfo a un contexto más pérfido en el que solo valen la astucia y el oportunismo como preámbulo de la ganancia rápida. Si Mao levantara la cabeza?

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