28 de abril de 2015
28.04.2015

Ejercicio de la profesión

28.04.2015 | 04:15

Cuánto darían los españoles por conocer cómo Trillo y Martínez Pujalte se ganaban 5.000 euros al mes durante años! Conocer las conversaciones concretas, no eso que el portavoz del PP, ese señor malcarado y peor hablado, dice que hacían, ejercer su profesión. Por ejemplo, saber si iban juntos o separados; si asesoraban sobre lo mismo, si sus informes eran complementarios, contradictorios, cooperativos o, en fin, cómo fue que Pujalte pudo heredar la asesoría de Trillo, casi una como si fuera una franquicia. Así, los españoles podrían saber si lo que hacían se puede llamar ejercicio de la profesión, esa que los diputados deben mantener para trabajar en ella cuando abandonen la política. ¿Qué profesaban en todo caso estos hombres, que no parecen tener ninguna previsión ni expectativa de dejar su eterno sillón? ¿La abogacía? ¿La asesoría? ¿La dirección económica?

En realidad, ante estas escenas de las conversaciones concretas se alzan inflexibles muros que detienen mi imaginación. Uno puede imaginar muchas conversaciones entre un empresario de la construcción y Martínez Pujalte, pero pocas que valgan 5.000 euros. Por lo que le escuchamos cuando ejerce de diputado, desde luego, no pagaríamos tanto. En realidad, yo no daría un céntimo por nada de lo que le he oído decir en los cerca de veinte años que sigo su actuación. Cada vez que lo veo, con su gesto grotesco y su figura histriónica, sólo alcanzo a imaginar que podría asesorar a un constructor acerca de cómo sus operarios podrían hacerse bien un gorro con el pañuelo de nudos. Dada la profundidad del personaje, quizá podría enseñar algunas de las viejas, arcaicas y malsonantes costumbres de aquellos albañiles de mi infancia. En todo caso, no creo que alguien que ha echado los dientes como peón de brega de políticos emboscados, que ha sido especialista en todas las marrullerías de politicastros, el hombre que da la cara con desenvoltura cuando la situación requiere de personas desinhibidas y sin mucho sentido de la vergüenza, tuviera un saber profesional oculto que lo llevara a merecer 5.000 euros por la charla que dura un café. No alcanzo a comprender, si es que esa ciencia se derivara de su formación profesional, cómo Martínez Pujalte no se haya dedicado en exclusiva a un oficio tan bien remunerado. Pueden echar el cálculo. Sólo que asesorara a una empresa al día, podría reunir unos 100.000 euros al mes. ¿Quién seguiría en las Cortes si tuviera oportunidad de ganar ese dinero?

Y eso es Martínez Pujalte, que todavía uno lo puede imaginar arremangado, acarreando sacos de cemento o maldiciendo desde el andamio a los ingenuos paseantes. ¿Pero y el remilgado de Trillo? ¿Se ha acercado este señor a alguna obra en su vida? ¿Sabe lo que es un legón o una artesa, una picola o una paleta el exquisito Trillo? ¡Por Dios! Este hombre ha nacido para vivir lejos de todo ese mundo contaminado, en el corazón de la City, a costa de España. Ni para asesorar por 5.000 euros podríamos imaginar que se acercara a estas realidades mundanas de la construcción. Al menos eso pensábamos todos. Pero hete aquí que no. Ignorantes de nosotros. Ahora resulta que ambos son profesionales expertos en ese asunto de construir y que pueden dirigir a los empresarios del ramo aunque vivan lejos, trabajen en el entorno de Valladolid, y se dediquen a edificar polideportivos en serie „que no parece que la cosa requiera mucha asesoría„ o generadores eólicos, asunto mucho más complicado del que al parecer los dos ínclitos próceres debían ser expertos estrategas. «Tenían una gran penetración en sus juicios», ha dicho el empresario aludido, que no ha manifestado pesar alguno por los elevados desembolsos. No podemos dejar de reconocer que la cosa tiene su mérito. No es un arte tan perfecto como el propio del desaparecido Cotino, que no tenía que cobrar ni que tomar café con nadie para asesorar a un empresario de la construcción. Bastaban las paellas familiares los domingos con su hermano en Xirivella para charlar sobre los jugosos contratos de obra pública. Trillo y Pujalte, no. Tenían que acercase a Valladolid para asesorar a los empresarios locales de energía eólica „a esas tierras cuya geografía conocen palmo a palmo, como es notorio.

Diga lo que diga el portavoz Hernando, nadie puede tragarse la idea de que la asesoría que brindaran estos dos personajes fuera de naturaleza profesional. Podemos hacernos la pregunta al contrario. Si imagináramos a los señores Trillo y Pujalte desprovistos de todo el saber que pudieran obtener en el Congreso de los Diputados, de toda la información que pudieran transmitir por su cercanía a las estructuras del poder político, ¿de verdad seguiríamos apreciando en ellos un saber profesional que valiera 5.000 euros por media hora de trabajo? Incluso podemos repetir de otro modo la pregunta: ¿qué abogado, por su exclusivo saber de leyes o de estrategia empresarial, podría tener esa minuta? Yo dudo que estos señores produjeran plusvalía alguna al empresario que les pagaba. Y creo, por lo demás, que lo que cobraban no se debe a ejercicio de la profesión. Ni siquiera creo que estuviera relacionado con un intercambio contractual. Creo que se trata de un flujo de dinero que no tiene nada que ver con un commercium empresarial real, sino con una communio de otra naturaleza e índole.

Por eso, esta cooperación no debería ser contemplada como legal. Pues no estamos hablando de algo semejante o analógico a lo que hace el diputado profesor de universidad que pide seguir dando clases sin remunerar para no perder el contacto con el oficio, o el escritor que pide permiso al Congreso para mantener afiladas las armas literarias en su revista o en su editorial. Lo que según todos los indicios del sentido común hacían Pujalte y Trillo era ganar un dinero que no podrían haber ganado si no estuvieran en la política y en contacto con el poder, mediante su cargo de parlamentarios. No era un trabajo reconocible y público, mediante contrato de contraprestaciones comprobables, sino sencillamente una extensión de su mismo trabajo político y basado en la información e influencia que no habrían podido obtener sin él. Que esto sea legal en España, no prueba sino que nuestros legisladores tienen un concepto de la ley hecho completamente a su medida, con un conjunto de excepciones, cautelas, salvedades y circunstancias que permite que cualquier actividad pueda ser calificada como compatible con el cargo de diputado.

Pero más memorable todavía ha sido la defensa de Pujalte, tras conocerse que en total y entre los dos amigos se han hecho con una cantidad aproximada de 400.000 euros. Ha dicho tres cosas con su proverbial facundia: primera, que desde joven ha practicado el pluriempleo. En realidad, eso es muy creíble en él, y su forma de hablar de la función parlamentaria es para situarla en proximidad a cualquier otro empleo privado, un modo de ganarse la vida, parte de la lucha cotidiana por el pan. Punto. Así, de camino, pasa de puntillas sobre el hecho de que lleva veinte años en ese asunto que el resto de los mortales llamamos servicio público y él «pluriempleo». Segunda, ha dicho que quizá su gesto no sea ético, pero es legal. Y cuando se da cuenta de la barbaridad que acaba de pronunciar, lo arregla diciendo que él tiene un código ético privado que le permite dormir muy tranquilo. ¡He aquí al político que Platón casi describió en su diálogo Gorgias bajo el nombre de Calicles! Cumple el mínimo la ley, desde luego, mediante la máxima torsión posible, y confiesa no tener ética, pero al final rectifica y asume que sigue su propio código ético, que Pujalte resume de forma sucinta como «pluriempleo».

No se le ocurre pensar a Pujalte que el representante político, si algo debe tener, es una voluntad de compartir el código ético con sus representados. Menos todavía se le ocurre sospechar „siendo un gran jurista que cobra 5.000 euros por media hora„ que todo código por principio y naturaleza es compartido y público, y que cuando alguien habla de que tiene un código privado en realidad está confesando que carece de código. En este caso, su llana torpeza le ha llevado a confesar que en realidad no tiene ética alguna y que, por tanto, es indigno de representar a nadie. Porque alguien que carece de código ético es un impresentable y no puede ser diputado. Así que quisiéramos conocer la índole de las conversaciones que valían 5.000 euros. Tener algún detalle. Aunque solo fuera por comparar con las que pronto conoceremos de Rus y sus hombres. Sólo nos mueven los intereses propios de la investigación teórica. Pues a lo mejor llegamos a conocer que Pujalte y Trillo sí tienen un código, que no es tan privado, que tiene sus reglas, sus prácticas y sus hábitos, sus pompas y sus obras. Como dijo san Agustín, incluso una banda de ladrones debe tener sus reglas. Lo que según tan gran maestro no pueden conocer los grupos de ladrones es la naturaleza de lo justo.

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