15 de mayo de 2015
15.05.2015

Por un pacto del agua

15.05.2015 | 04:15

De nuevo elecciones. Y con renovado propósito de enmienda. Con la que está cayendo no podía ser de otro modo. En materia hídrica, agotado el absurdo debate trasvase-desalación, deberían venir tiempos mejores. De momento, aunque con escasa concreción, se comparte el objetivo final, la gestión sostenible del agua. Un término, sostenible, que tomado en vano recuerda el aforismo «Excusatio non petita accusatio manifesta». Una vez más, sobran dichos y faltan hechos. Porque aunque a la Naturaleza no se la engaña, el votante sí es sensible a la estrategia de Goebbels: una mentira repetida mil veces se convierte en verdad, lo que justifica la insistencia.

En efecto, sobre el papel todos apuestan por la sostenibilidad. Pero no en el camino que a ella conduce. Su antónimo, insostenibilidad, nace con los problemas generados por el desarrollismo económico posterior a la segunda guerra mundial. Ríos contaminados por vertidos incontrolados, embalses colmatados por sedimentos que antaño alimentaban unos deltas que hoy avanzan hacia su ocaso, masas de agua eutrofizadas, playas en regresión, acuíferos sobreexplotados, salinizados y contaminados, son ejemplos de daños colaterales derivados de políticas insostenibles. Hechos que han propiciado la aparición de términos „impacto ambiental o agricultura ecológica„ antaño inútiles. Con la actividad humana compatible con el medio natural, ¿para qué hablar de impacto? O de agricultura ecológica cuando toda lo era. La sostenibilidad, tarea hercúlea, comporta minimizar (ahí nadie se moja) esos daños colaterales con acciones concretas.

Sesenta años han generado el formidable problema. La población se ha triplicado (de 2500 a 7500 millones) y disfruta un nivel de vida medio muy superior. Eso sí, con gran impacto (ahí está la generación de residuos) y con un claro perdedor, el medio natural. Las alarmas se dispararon al compás de unos efectos secundarios que propiciaron hace tres décadas la reacción de la Asamblea General de Naciones Unidas. Y lo hicieron encargando a su Comisión Mundial del Medio Ambiente la redacción de una agenda para el cambio. Incluiría las estrategias medioambientales necesarias para alcanzar un desarrollo sostenible en el 2000. Fruto de dos años de trabajo es el informe Nuestro Futuro Común (o Brundtland en recuerdo a quien presidió la comisión). Con él nació el concepto sostenibilidad.

Su análisis retrospectivo genera desazón. Si el objetivo era alcanzar en el año 2000 el desarrollo sostenible, su fracaso es evidente. Porque, aunque con avances relevantes, los problemas han crecido a un ritmo superior a las soluciones y hoy la gestión del agua es más insostenible que entonces. La magnitud actual de los efectos secundarios (como los niveles de agua en acuíferos sobreexplotados) así lo evidencia. Y conviene subrayar que el informe Brundtland apenas mencionaba dos problemas, agotamiento de recursos naturales y cambio climático que, treinta años después de su publicación, preocupan sobremanera.

Revertir la dinámica exige pasar del dicho al hecho. La invocación al desarrollo sostenible de nada sirve. Hay que olvidar las políticas de paños calientes (no se quiere asustar al elector) propias de programas electorales, hay que realizar análisis globales que identifiquen las debilidades y las actuaciones urgentes, hay que apostar por una educación ambiental que forme ciudadanos participativos y con criterio y hay, en fin, que explicar que la sostenibilidad económica exige recuperar costes y que, aunque impopular, el precio del agua debe reflejarlo porque la política social se hace tarifando, no comprometiendo la viabilidad de estos servicios. Y garantizar que el dinero del agua se reinvierta en el agua.
Los problemas actuales no se resuelven con estrategias del pasado. Esta crisis ha evidenciado que las soluciones exigen reformas y el mundo del agua no es la excepción. Pero, por su historia y su complejidad, nadie quiere hincarle el diente. La solución es un Pacto del Agua que permita hacer lo que, aunque impopular, se debe hacer. Y sin castigo para quien cumple con su deber. Sin reformas, la degradación del medio natural y los problemas seguirán su curso actual hasta que una crisis evidencie, aún más, la necesidad de cambio. Entonces vendrán las urgencias, cuando lo razonable es el cambio sosegado. Si el futuro no se planifica, las crisis marcan las agendas. Ojalá tras las elecciones, cualquiera sea su resultado, nuestros políticos apuesten por ese pacto. Al menos popr una vez, la Comunitat Valenciana sería actualidad por algo sobresaliente.

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