08 de agosto de 2015
08.08.2015

Las ciudades

08.08.2015 | 04:15

En este tiempo en el que las ciudades se vacían por las migraciones estivales, quiero hacer una apología de estos espacios en los que vivimos la mayor parte de la humanidad durante la mayor parte de nuestras vidas. Existen amantes de los espacios abiertos y de la naturaleza en estado puro, como existimos los urbanitas, apresados en el encanto de las grandes ciudades, hechizados por el ir y venir de sus gentes y adictos a las ofertas culturales de conciertos, teatro, cine, exposiciones o incluso tiendas, que nos ofrecen las grandes ciudades.

Justificaría mi amor por las ciudades sobre la base de mi predilección por la geografía humana frente a la geografía física y, no me negarán, que al margen de la belleza del mar, las altas cumbres o los bosques, nada se puede comparar con la belleza de las personas. No hay ciudad exenta de encanto, más allá de su tamaño, su enclave y su arquitectura, son sus gentes su mayor aliciente y no me negarán que cuanto mayor es una ciudad, mayores son las oportunidades que ofrece y su oferta cultural. Aprendamos, pues a disfrutar los pequeños placeres de las ciudades en cada una de sus esquinas.

Para amar la ciudad en la que vivimos es importante conocerla y escapar de las rutinas empobrecedoras, que también las hay enriquecedoras. Caminar, visitar los nuevos espacios y frecuentar los lugares más tradicionales, monumentos, miradores y museos. Se sorprenderían de lo poco que sabemos de nuestro lugar de residencia si lo comparamos con otras ciudades que visitamos ocasionalmente. Y es que la proximidad espolea la pereza y acabamos dejando para otro día la visita de los lugares emblemáticos de nuestra ciudad que, en ocasiones, conocemos solo por azar cuando tratamos de mostrar la ciudad a algún visitante.

En cuanto a las ciudades accidentales, a las que llegamos por turismo o por trabajo, tan importante como documentar el viaje y visitar los lugares más notables, es perderse en sus calles y jardines, mezclarse con sus gentes, visitar sus mercado (decía García Lorca en su «Poeta en Nueva York» que no se conoce una ciudad si no se sabe lo que comen sus moradores) recorrerlas de arriba abajo y darse un descanso en sus cafés y terrazas, pues para conocer a los habitantes de una ciudad se puede elegir entre salir a su encuentro o quedarse agazapado en una mesa a la espera de que pasen por nuestro lado.

Si tuviera que enumerar los placeres que depara la ciudad señalaría el silencio y recogimiento de sus jardines botánicos, el bullicio de sus plazas repletas de escolares, los espectáculos de sus teatros y cines, el inmenso regalo de sus museos con todos sus tesoros y riquezas y los encuentros con sus gentes. Todo un programa.

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