11 de agosto de 2015
11.08.2015

Política y trauma: sobre el descenso de Podemos

11.08.2015 | 04:15

Spinoza, el más apacible de los filósofos y el más grande de los que han llevado sangre ibérica, decía que todo pueblo tiene su origen en un trauma y que nadie puede entender la política de ese pueblo sin compartir ese trauma. Ponía en duda, de este modo, la posibilidad de analizar a un pueblo desde fuera. Si es posible que tuviera razón, entonces deberíamos preguntarnos si el secreto de una política correcta acaso no estará en mantener la relación oportuna con el trauma. Creo que esta reflexión podría ser importante para entender lo que está pasando con Podemos.

En todo caso, para quien ha expresado públicamente simpatía por esta formación, aunque no haya militado en ella, le es difícil abordar este asunto con la perspectiva adecuada. Lo que ha logrado Podemos es muy importante y no cabe hablar de decepción aquí. En buena medida, todo lo que ha hecho Podemos ha sido exitoso y quizá previsible, y desde esta perspectiva no cabe hablar de sorpresa. Miremos las cosas así. Si la verdad de toda política es un trauma al que responde, entonces hay algo en ella propio de un destino que no está en nuestras manos dominar. No se trata de nada místico, sino de algo que no guarda posibilidad alguna de explicarse por completo apelando a conceptos. Dese luego no a los conceptos de la ciencia política académica.

Si hacemos caso de Spinoza, sólo alguien que mantenga cerca la experiencia traumática estará en condiciones comprender desde dentro la evolución de la política española y el lugar de Podemos en ella. En mi opinión, hay una relación directa entre el alejamiento de la escena del trauma y la caída de Podemos en las encuestas. Pero aquí varias cosas son importantes. La primera es que el trauma es tal porque no soporta comparaciones. Tan pronto entra en juego la comparación, el trauma se aleja de su escena. Con la comparación, ya hemos introducido distancias entre la situación traumática y nuestra percepción. Si aceptamos que nuestro trauma ha sido la crisis económica, entonces Grecia es ese comparativo. Frente a las colas en los cajeros, los bancos cerrados, las tiendas vacías, nuestra experiencia de repente recupera las distancias de la normalidad. Lo más terrible de la experiencia griega, digna de estudio, ha sido el contraste entre la euforia de la autoafirmación nacional y política de los días del referéndum, y la pasiva derrota, silenciosa, humillante, de cada ciudadano tomado de uno en uno a lo largo de las semanas del corralito. Nunca se pudo ver de forma tan cruda la diferencia entre la vida pública jubilosa y la vida privada, entristecida. Frente a estas escenas, nuestro trauma parece lejano.

No es el efecto de la propaganda del Gobierno y su pretendida normalidad lo que aleja de nosotros las implacables sensaciones de estar viviendo en la angustia cercana a la desorientación. No es restar unos millares de parados que encuentran trabajo lo que nos aleja del trauma. En la interiorización de esa imagen de los griegos derrotados de uno en uno, desde luego, hallamos la relajación de que no somos el náufrago que se hunde en el mar, porque sentimos todavía algo de roca bajo nuestros pies. Todo eso es verdad. Pero si ha tenido tanto efecto político es porque no se ha sabido identificar el trauma de forma acertada, y ésta es la segunda cosa importante. Pues la naturaleza de un trauma se caracteriza por la forma en que es recordado. La batalla la tendrá ganada el Gobierno de Rajoy tan pronto como el trauma se recuerde como la crisis económica. Pero si el trauma se describe como la infamia de una representación política corrupta generalizada, entonces, con Rajoy en la Moncloa y con Arenas de nuevo en la dirección activa del PP, no tendríamos ninguna adecuada interposición entre el presente y los días más duros y siniestros de la crisis. Pues nuestro presidente de Gobierno es parte de la escena del trauma. En efecto, nuestro trauma no es que coincida gente como los de la trama Gürtel, la de Pujol, la Púnica y los Ere con la crisis económica, sino que, porque estaba esa gente, tuvimos la crisis. El trauma no fue la crisis, sino que la crisis económica fue una parte más de la corrupción política.

Desde esta perspectiva, nada como la trama Púnica para hacer visible el carácter moral y político de la gente que nos ha gobernado durante decenios. La arrogancia, la codicia, la impostura, la miseria, la mezquindad, la infamia, la rudeza y la altivez, y todo ello encubierto con la pose pública de quien ostenta la dignidad sacramentada del poder y con la buena conciencia de que todo eso es lo natural: eso se hace evidente en Granados, en González, en Marjalida. Podemos imaginar la relación de estos actores con la gente como Camps y como Aguirre. «Déjanos hacer y te dejamos hacer». «Si no quieres problemas en tu gloria política, mira hacia otro en nuestros asuntos económicos». Esto nos llevó a la crisis económica: tener políticos presos de una economía que necesitaban para seguir en sus cargos. Sin embargo, Podemos no ha sido capaz de interpretar ante la ciudadanía que el trauma era ante todo político. Eso ha alejado a la ciudadanía de la necesidad de una solución de urgencia, que es lo que a fin de cuentas debería representar Podemos. Por eso baja en las encuestas.

¿Por qué ha ocurrido así? Creo que por tres razones. La primera, por su propio éxito. El trauma es más fácil de sentir cuando aquéllos considerados nítidamente como corruptos siguen gobernando. Gracias a Podemos, este país ha tenido una gran victoria cuando ha logrado desalojar políticos corruptos del poder en grandes ciudades y Comunidades. Que siguiera en el poder González, el hombre que prohibió entrar a los ciudadanos en el palacio del Gobierno de la Comunidad de Madrid por la puerta principal, era traumático. Que ya esté fuera, aleja de la escena del trauma. Es el propio éxito de Podemos el que desmoviliza a muchos ciudadanos que se han cobrado una victoria anhelada: ver fuera del poder a gobernantes indignos de representar a una ciudadanía consciente. La otra noche, en la Sexta, escuchando hablar al alcalde de Cádiz y a Marluenda, uno no podía dejar de sentir el alivio de cierta normalidad. La misma que percibe cuando Ribó recibe una camiseta del Valencia CF, o Puig se expresa con razón contra la asfixia financiera de la Generalitat. La satisfacción de haber logrado poner a gente digna en las instituciones es lo más lejano del trauma. Ese efecto alegre desmoviliza mucho más que las expectativas defraudadas de una militancia demasiado amplia, sedienta de aventuras y fortuna, que poco a poco se queda fuera de los cargos posibles. Ese no es el problema, y Podemos hará mal en interpretar las críticas desde esa perspectiva. Lo más relevante es que, para que Podemos hubiera hecho esa pedagogía de describir el trauma como político, habría tenido que disponer de un discurso más institucional, más orquestado desde una mentalidad cívica profunda y pensada desde el modelo republicano. Y ésta es la segunda razón. Hemos podido verlo estos días, con uno de los hechos más escandalosos de nuestra historia democrática: la visita de Rodrigo Rato al ministro del Interior en su despacho oficial. Esta incapacidad de diferenciar lo privado y lo público, que es la base de toda la corrupción que hemos padecido „propia del que en el fondo se dice en secreto sentado en el despacho oficial «Esto es mío»„, lamentablemente no ha merecido un comunicado masivo de la plana mayor de Podemos. Sin embargo, los comunicados del ministerio y de los portavoces del PP delatan su incapacidad para entender los rudimentos de un Estado democrático moderno. Invocar la amistad personal para legitimar lo que ocurre en un despacho oficial produce bochorno. La agenda pública anticipada, la minuta y el orden del día consultable, la necesidad del informe preceptivo de lo tratado, todo ello haría imposible que un hecho tal llegara a consumarse en un Estado riguroso.

Todo esto nos permite afirmar que muchos políticos de la plana mayor del PP no tienen categorías propias de un sentido institucional. Eso es un componente central de nuestro trauma. No trabajarlo, nos hace descuidados y nos desmoviliza respecto a todo lo que tenemos que conseguir todavía. Es como si la gente percibiera que lo que queda es demasiado arduo para los mimbres de Podemos. Y sin embargo todo está abierto. Pues hay un escenario del que puede brotar el trauma inexcusablemente político. Se trata de Cataluña. Pase lo que pase el 27 S, antes y después, conoceremos una agitación que nos pondrá en la senda de vivir un trauma. No habrá aquí posibilidades interpretativas. Esa situación será fruto de la incompetencia y la mala fe de una clase política. Para los que sólo nos toca ser testigos pasivos de cómo se rompe lo que estaba unido, esa clase política es la que, desde Aznar a Rajoy, sueña con una política que rebaje el autogobierno de Cataluña y reordene el Estado de las Autonomías. Para superar esa situación traumática, no vale lo que se dice en la Sexta o en la Tuerca. Vale tener un sentido del Estado español y estar en la historia traumática de un pueblo que no encuentra un equilibrio desde siglos.

Y aquí está la tercera y decisiva razón: se trata de la capacidad de Podemos para intervenir en este asunto. Pues sólo una pedagogía institucional muy profunda puede mostrar que la Gürtel, los Ere, la Púnica, Pajarols, los Pujol, todo ello tiene que ver con esa ordenación territorial del Estado que no está bien conseguida. Y esto es lo descorazonador de la estrategia central de Podemos. Que los pactos que logró en las elecciones locales y regionales los considere como un instrumento de cambio de votos para las generales y no como parte de un diseño político que reconoce la estructura federal del pueblo español. Eso es lo que está detrás de la forma en que se han hecho las listas. Pero si ese futuro institucional federal se cierra, entonces Podemos debe saber que sólo ganará el pasado.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine