14 de agosto de 2015
14.08.2015

Dichos en la noche

14.08.2015 | 04:15

En el silencio de la noche surgen bichos. La inactividad en las calles propicia que las alimañas del subsuelo se atrevan a explorar la superficie. Todo aquel que, insomne, mate la vigilia ruando intempestivamente se habrá cruzado con la rata desorientada, la corredera suspicaz y el geco prehistórico, sabandijas nerviosas, desconfiadas, prontas a la defensa o a la huida, que han ocupado lugares que no les corresponden al verlos abandonados. Ellas no saben que la inactividad y el silencio del hombre son interinos, y con la estridente rutina de los amaneceres vuelven de un respingo a sus cubiles.

Hay un equilibrio natural, una regular alternancia, una distribución de tiempos y espacios entre hombres y bichos, que conviven pacíficamente siempre que unos y otros permanezcan donde y cuando deben. Esto, claro está, no les equipara en categoría; únicamente pone de manifiesto una suerte de simbiosis, un contrato por el que los hombres disponen un refugio húmedo y nutritivo para los bichos y éstos corresponden con ciertas labores de limpieza y desatascado, sobre todo en los vericuetos menos accesibles. La rata y la cucaracha no transitan la superficie a mediodía, como el hombre no recorre las cloacas a medianoche.

Pero si la inactividad nocturna continuase por la mañana, si la calle pemaneciese desierta durante la jornada, las alimañas la ocuparían progresivamente a tiempo completo. Se instalarían, primero con precaución y luego con franco alborozo, en una floresta de infraestructuras muy útiles y, sobre todo, gratuitas. La sabandija se adapta muy bien a cualquier ambiente, y aunque vive bajo tierra, entre detritus y marranadas, no le costaría mucho aclimatarse a la salubridad y a la limpieza del exterior. Incluso es probable que la mejora en las condiciones de vida favoreciese la mejora de la especie.

La rata sería más fuerte y lustrosa, y la cucaracha más gorda y reluciente. Su naturaleza, sin embargo, no cambiaría: serían ratas y cucarachas viviendo en casas de hombres; alimañas royendo sofás, emporcando alcobas, anidando en cajones de persiana, buscando el rincón sarnoso, defecando en donde se come y comiendo en donde se defeca; impostores a los que ha franqueado el paso una torpeza garrafal.

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