16 de agosto de 2015
16.08.2015

Del Mediterráneo al Cantábrico

16.08.2015 | 04:15

El destino ideal para un habitante mediterráneo harto de calor siempre, pero más este año, es, sin duda, el Cantábrico. He tenido la oportunidad de disfrutar de Cantabria durante una semana, y un par de días rozamos los 28 ºC de máxima, como en mi tierra en abril o mayo, y la mayoría nos quedamos en 22 ºC. Pero, además, tuve la ocasión de taparme por las noches para dormir porque bajábamos de 17 ºC. Por lo demás, nubosidad variable la mayoría de días y solo uno con precipitaciones moderadas. Curiosamente, la lluvia más torrencial, en la «árida» Zaragoza, de camino al norte, fruto de una tormenta de verano. En definitiva, era como estar en primavera en plena canícula estival, y yo me empeñé en no abrigarme aunque hiciera fresco para acumular frigorías para la vuelta a casa. Por lo demás, el agua del mar a una temperatura maravillosa para mi gusto, más soportable de lo que me habían dicho, más teniendo en cuenta que este año el agua del Mediterráneo no le refresca a uno nada. Pero, sin duda, una de las mejores experiencias que experimenta un mediterráneo en Cantabria es la alternancia de mareas. En Isla, una de las cuatro localidades que forman el municipio de Arnuero, en el hotel Villa, disfrutaba de la playa de la Cava, de unos ocho metros cuadrados de arena seca en marea alta en la marisma de Joyel, que en marea baja se convertían en un pequeño brazo de mar y unos charcos que le permitían a uno ir caminando más de dos kilómetros hasta la playa de mar abierto de la vecina Noja. Este contraste, apenas perceptible en el Mediterráneo por sus dimensiones, fruto de la combinación de las gravedades de la Tierra y la Luna sobre todo, sobre las grandes masas de agua oceánicas, era maravilloso y, sin que me tilden de exagerado, no menos atractivo que el del famoso Mont Saint-Michel, en Francia. Para acabarme de enamorar, el molino de mareas de Santa Olaja, ejemplo con más de 300 años de antigua energía mareomotriz, en un lugar donde no había ni demasiado viento ni grandes ríos, pero si una gran posibilidad de almacenar el agua de la marea alta y soltarla en marea baja para que, con su arrastre, pudiera moler el grano, sobre todo el maíz. Hoy ya no tiene utilidad práctica, pero sí es un patrimonio bien rehabilitado y maravillosamente explicado por la guía. En definitiva, ha sido un exilio climático muy recomendable donde he seguido haciendo geografía.

enrique.molto@ua.es

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