20 de agosto de 2015
20.08.2015

El conflicto nuclear

20.08.2015 | 04:15

La energía nuclear tiene la tradición de ser polémica y de polarizar al máximo la opinión de los ciudadanos. A principios de mes recibimos la noticia de la reactivación del reactor nº 1 de la central de Sendai, el primero que entra en funcionamiento en Japón tras el apagón nuclear a raíz del desastre de Fukushima, hace ya más de cuatro años. Con ello se inicia, por decisión política del gobierno nipón, un progresivo regreso a la energía atómica en dicho país, a pesar de que más de la mitad de la población está en contra. Los argumentos de tan polémica decisión se basan en la necesidad de reactivar la economía y, en segundo lugar, en el deseo de disminuir las emisiones de CO2, que se habían disparado al sustituir parte de la generación nuclear por energía térmica. La economía casi siempre gana frente a la seguridad, e incluso contra la opinión mayoritaria de la población afectada. La solución real, virar hacia un decrecimiento progresivo que permita sustentar la economía con fuentes de energía renovable, es algo que por desgracia no se contempla en nuestra actual cosmovisión cultural y política. Por estos pagos, el conflicto nuclear nos brinda un nuevo episodio de su conocida saga, con la recalificación por parte del nuevo gobierno de Castilla-La Mancha (PSOE) de los terrenos donde iba a construirse el ATC -almacén temporal centralizado de residuos nucleares de alta actividad- como zona de especial protección para las aves. La ampliación a 20.000 hectáreas de las 1000 inicialmente preservadas, no oculta que el objetivo real es protegerse del ATC más que beneficiar a la avifauna. Al respecto, el alcalde de Villar de Cañas (PP) reconoció que estaba harto de las grullas y que el ATC traería riqueza y empleo al municipio. En este caso parece que la mayor parte de los 500 habitantes del pueblo está a favor del almacén. En pequeña escala se reproduce el mismo modelo, aunque invirtiendo los términos de quién defiende lo nuclear: frente al beneficio económico a corto plazo, el riesgo difuso e intemporal parece ser fácilmente asumible. Por debajo de esta polarización compleja y en ocasiones contradictoria, gran parte del conflicto nuclear se basa en la dificultad de revertir una fuente de energía en la que se ha invertido mucho capital y que se nos vendió como el paradigma del progreso y la seguridad. Los accidentes de Chernóbil y Fukushima han contribuido mucho a desmontar el mito de la seguridad, pero no han resuelto la parte de la economía, ese otro mito del crecimiento continuo que, a pesar de su imposibilidad a largo plazo, sigue con buena salud en nuestro imaginario. A su vez, la realidad del cambio climático dificulta aún más un cierre rápido de las nucleares sin que ello suponga a corto plazo un incremento complementario de las emisiones de CO2. No hay soluciones fáciles, y todas pasan por un decrecimiento ordenado de la economía a escala mundial que permita mantenerse con fuentes renovables. Algo que está en las antípodas de nuestros actuales deseos y actitudes.

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