21 de agosto de 2015
21.08.2015

Infrafinanciación, ese problema

21.08.2015 | 04:15

Resulta curioso que a estas alturas del siglo XXI, después de todo lo que ha sucedido en la política española, aún no hayamos conseguido una manera efectiva de solucionar los problemas de financiación estatal ni menos autonómica.

Tratándose de un bien escaso „el dinero siempre lo es„, salvo, quizás, para algunos privilegiados de este país; nos hallamos ante un serio problema, que, por otro lado, lo más lógico es que jamás se consiga resolver de manera totalmente satisfactoria ni para el proponente ni para los destinatarios de la propuesta. Viene todo ello a propósito del rifirrafe continuo que se produce en nuestra Comunitat Valenciana sobre este tema autonómico-financiero, tanto entre los partidos de este ámbito como entre los estatales, y tanto intra comunidad como interestatal, sea con gobiernos del PSOE como de gobiernos del PP. Que si Zapatero, que si Rajoy, que si Aznar, etc. Se reclama la deuda histórica, sin precisar si se remontan a la invasión romana o a la musulmana, o si más modestamente, se remiten a la invasión napoleónica. Y sobre todo, habría que aclarar en esta sede, cuál sería la diferencias a tener en cuenta entre la Comunitat y el resto de comunidades autónomas, para saber a qué atenerse. Es decir, si tal deuda histórica, también podría corresponderles a los demás o no, y en su caso, motivar la causa.

Todo menos explicar algo tan elemental como necesario para que todos los ciudadanos sepan de qué se habla. O sea, si debemos partir del principio básico de solidaridad o no. Y qué significa este concepto, sin el cual no puede existir ningún estado moderno. Y tampoco España. Por ejemplo, si este concepto significa que debe tenderse en la financiación regional a obtener la máxima igualdad posible tanto en el desarrollo económico y social del conjunto de la población española, o no. Es decir, si se debe actuar en función del egoísmo y particularismo de cada comunidad o región, sin tener en cuenta para nada, el mayor o menor atraso o desarrollo en ambos ámbitos de la población.

Curiosamente, tanto rifirrafe, tanto barullo, pero nadie concreta estos principios y fines, sin los cuales, es evidente que no existe nación ni nada que se le parezca, pues la solidaridad, sin dejar meridianamente claro que su aplicación tiene como objetivo básico, la mayor igualdad posible de todos los ciudadanos de un país, carece absolutamente de sentido. Por tanto, es necesario, que los partidos políticos, y sus dirigentes de todo linaje, se aclaren y digan sin ambages si en sus reclamaciones sistemáticas, tienen en consideración la existencia de un país cohesionado o en realidad, lo que pretenden, aunque no lo expresen así; es marchar cada uno por su lado, con la consiguiente desarticulación fáctica del Estado.
Mientras no se diga así de claro, todo son palabras huecas, sin sentido, o con un sentido avieso, que solo consiguen el cabreo (con perdón) del ciudadano y un continuo desbarajuste político y social. ¿Hasta cuándo?

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