01 de septiembre de 2015
01.09.2015

Ruido de escombros

01.09.2015 | 04:15

El pujolismo se hunde. Desde México, donde escribo este artículo, se oye el estruendo. Y llama la atención que la carta de Felipe González a los catalanes no lo vea así. Todavía están recuerdo en mi memoria sus recientes palabras de comprensión hacia el viejo Pujol, palabras raras e inquietantes. ¿Acaso el agudo intelecto de González no puede comprender que hay una relación directa entre la corrupción del pujolismo y la compleja situación catalana hacia la independencia? ¿Acaso no ve que la desarticulación del pujolismo es condición de posibilidad del independentismo de Junts pel sí? ¿Que los amigos que le ayudaron a gobernar, y a los que muestra gratitud, son el Benito Cereno de este proceso y que aquello que los tiene presos es precisamente la corrupción política que viene de lejos y acerca de la cual mostró su tibieza de forma evasiva? ¿A quién escribe el expresidente entonces? ¿No se da cuenta de que esos que compartieron su experiencia política, tan idealizada, ya no existen?

Este hecho ya muestra la limitación del análisis del expresidente. Parte de un supuesto que no se cumple: que hemos sido un país políticamente normal, progresivo, y que la reivindicación independentista surge como por un capricho o una locura transitoria. Ese es el sentido de sus alusiones a su propia historia de gobierno. Lo peor de la carta de González no es su paternalismo de soberano jubilado, sino la limitación de su análisis respecto del origen del mal que padecemos, el de la corrupción de una clase política que ha usado de todos los trucos para ocultar su espíritu carroñero. Ahora nadie debería llamarse a engaño. ERC siempre fue lo que ahora es. La ANC siempre fue lo que ahora es. Sólo una quiebra de la representación política, que no aguanta más, hace que estas instancias se nieguen en redondo a delegar la dirección política catalana a Convergencia. ¿No ve Felipe González lo que ve cualquiera, que Mas está políticamente muerto, que ERC lo mantiene vivo para obtener de él una firma en el decreto de convocatoria de elecciones, que lo que quede del pujolismo en el próximo Parlament de Catalunya se entregará a los nuevos señores políticos, hartos ya de ser engañados por el pujolismo que él no quiere condenar?

Sin duda, estamos ante un fracaso de la nación catalana en un momento crucial de su historia y nada de lo que suceda el día 27 podrá remediarlo. Que el momento más verosímil para esgrimir todos sus anhelos ancestrales tenga que coincidir con el momento en que los gestores del poder catalán en los últimos 40 años se disuelven como fuerza política; que precisamente esos hombres corruptos, que han robado sin piedad a su gente, tengan que ser los que inicien el camino hacia la tierra prometida, esto no puede traer nada bueno. Que se conformen con tener el 50 % de los votos ya significa que han abandonado la vieja condición que hasta ahora habían tenido, o creían tener, la de ser una nación casi unánime, para pasar a ser una parte que sólo anhela la condición mínima requerida para seguir ostentando el poder. Eso no puede ser un proceso constituyente, y los políticos versados de ERC, que deben conocer lo que es el republicanismo, saben que su planteamiento no se sostiene.

La ocasión sin embargo era propicia para una reivindicación nacional adecuada. Pues nunca existió en España un gobierno tan obtuso y miope acerca de la cuestión catalana. Las humillaciones, deslealtades, torpezas, falsos halagos y hostilidades a Cataluña desde el segundo Gobierno de Aznar han sido suficientes para convencer a mucha gente de que de esa España no podía venir sino injusticia e incomprensión. Rubert de Ventós, que no es santo de mi devoción, tenía razón al decir que todo menos seguir así. Y sin embargo, la manera en que se ha llevado el proceso por parte de Mas y el pujolismo ha sido de tal escandalosa mala fe, regateo, incompetencia y corrupción que todo esto se va a hacer desde una posición de extrema debilidad. La pretensión de que la corrupción del pujolismo no lo inhabilita para llevar adelante el proceso, porque al fin y al cabo se trata de una lucha contra una España que también es corrupta, no funciona. La verdadera equivalencia hay que observarla en otra dirección: de ninguna de las dos formaciones que nos gobiernan, CDC y PP, puede salir nada grande. Cualesquiera que sean los intereses nacionales de Cataluña, necesitarán un plus de limpieza para abrirse paso con los apoyos rotundos de una población dotada de convicción. Para iniciar un camino ignoto y nuevo se requiere algo más que lo necesario para que un viejo país como España continúe instalado en sus imperfecciones.

En estas condiciones, no se puede ignorar el escenario que se avecina tras el 27 de septiembre. Nadie tendrá suficientes tragaderas para pactar con el pujolismo. Por mucha que sea la desconexión que se realice con España tras ese día, la justicia seguirá su curso y no contribuir a ella será una operación bastante parecida a la de aquellas desnaturalizaciones de los nobles medievales, que renegaban del rey y se encastillaban para no ser juzgados. La plana mayor de CDC ya sabe que no puede seguir soñando ese sueño. Así que la posición política correcta la ha manifestado Lluis Rabel, el líder de Catalunya sí que es Pot: con la gente de CDC no se podrá pactar nada. Independencia no puede ser el chibalete para la impunidad. Colarse en las listas de Junts pel Sí no puede ser el expediente para esquivar el ineludible juicio de responsabilidades. Ellos son menos indicados que nadie para iniciar un proceso en el que se determinarán las posiciones iniciales de control del Estado catalán. Ya sabemos demasiado bien cómo la gente de CDC se cobraría esas posiciones.

Nadie a estas alturas puede dejar de pensar que la mejor baza del independentismo catalán es la situación terrible en que otra clase política, cuando no corrupta, inepta, cuando no ignorante, incompetente, como es la española de los Aznar, Zapatero, Zarrías y Rajoy, ha dejado al conjunto de la sociedad y del Estado. Incluso personas inteligentes, y podemos suponer que bienintencionadas, como Felipe González, no dejan de mostrar la limitación de su análisis para abordar los retos del presente. Es verdad que el PP subsistirá como una mezcla de clientelismo y fidelidad ideológica y es fácil que, en este sentido, también el pujolismo subsista en parte. Lo que defiende este artículo es otra equivalencia más. Con estos dos órganos gangrenados no se puede emprender una renovación de la vida política catalana y española. Si todos tuviéramos tan claro como la luz del sol que CDC es el verdadero PP catalán, tan corrupto y tan antisocial el uno como el otro, entonces quizá habría una posibilidad de embarcarse todos juntos en una renovación de la vida política que respondiera a intereses y exigencias materiales de las ciudadanía catalana y española, sin líneas rojas trazadas de antemano.

¿O es que tenemos que recordar que la Transición española no se hizo con la buena gana de Alianza Popular? Hoy, las posiciones políticas del PP son aquéllas que entonces esgrimía el partido de Fraga, porque el tiempo ha erosionado por completo la impronta que en aquel partido dejaron los hombres que venían de Suárez. Hasta qué punto Fraga ha determinado el destino del PP puede verse por la genealogía de sus tesoreros y por los movimientos territoriales de las tramas de corrupción que todos conocemos. Desde entonces, y con el uso del poder, el PP ha venido dando martillazos con la letra de la Constitución contra su espíritu, sin duda con el ideal de producir una mutación constitucional que desactivara aquello que desde el principio fue intolerable para ellos, el Estado de las Autonomías. La encarnizada batalla política contra Herrero de Miñón en el seno del PP tuvo un sentido: impedir que llegara a ser dirigente del PP alguien que entendía el título VIII de nuestra Constitución. Aquella metamorfosis, culminada con Aznar, implicó que un partido con profundas reservas contra el espíritu de la Constitución, la administrara. Eso no podía conducir sino a la erosión de los consensos básicos que la sostenían.

Y ahí estamos. Lo que suceda el 27 de septiembre sólo se leerá desde lo que suceda en las Elecciones Generales de diciembre. Rajoy lo sabe, como todo el mundo. Por eso es tan importante que todas las fuerzas políticas se dispongan a desatascar la situación política. Rajoy en este sentido debería ser más franco y dar a conocer a sus militantes la realidad de la situación. Porque su problema no es el pacto del PSOE y Podemos, con el que pretende meter miedo a todo el mundo. Su problema es que se avecina una reforma constitucional ineludible y él no tiene ni un solo aliado. Esa situación, que es la decisiva, condena una vez más a su partido a lo que ya fue en el 1978: una formación reactiva, sin proyecto real confesable, cuya única oportunidad es retardar y retrasar las capacidades evolutivas de la democracia española, porque no es capaz de imaginar para España una alternativa a la rutina, la pereza, la formación inercial y el descarnado status quo de intereses materiales dominantes que él representa. Y eso no puede continuar. Por eso, nosotros, los españoles, no tenemos que decirle a los catalanes nada diferente de lo que nos digamos a nosotros mismos, y este es el ulterior problema de la carta de Felipe González, su adoctrinamiento. Y eso que deseamos decir es que queremos otra forma de entender la política y de transformar la Constitución del 78, con el espíritu de reconciliarla con la realidad actual, de tal manera que sea capaz de llevarnos hacia otra España y hacia otra Cataluña más democráticas, más maduras políticamente y más sociales. Pues sólo desde esas nuevas bases será posible abordar desde cero, con garantías legales, pacíficas y pactadas, y sin perentorios plazos apocalípticos, el contencioso existencial más viejo de la historia española.

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