08 de septiembre de 2015
08.09.2015

Extrañezas

08.09.2015 | 04:15

La realidad no es de mi mundo. Por eso simpatizo con el protagonista de la novela El extranjero, en tanto que encarna la absoluta indiferencia por la realidad. A. Camus denuncia esa sociedad cosificadora en donde el individuo forma parte del engranaje de esta maquina conocida como Estado. Por lo que a mí respecta, la gente y el mundo apenas me cautivan. Digo esto a cuento de la exitosa aplicación «Happn»: 700.000 usuarios dispuestos a relacionarse con personas desconocidas que se cruzan en su camino. Que decides tomarte solo un café solo, pues la señora o caballero de la mesa contigua podrá escribirte y explorar tus datos. Que cruzas la calle despistado, pues lo mismo. Se trata de reforzar el panoptismo: todos vigilados, todos controlados.

Esta ocurrencia intenta ayudarnos a aprovechar las pequeñas coincidencias. Uno verá en su Facebook las fotografías de las personas con las que se cruza azarosamente. Pero, ¿quién dijo que nos importe la descomunal cantidad de tipos pululando cerca de uno? Decía que me aburre la realidad impuesta. Lo extraño -el extranjero- alimenta el pensamiento, la fantasía y despierta cavilaciones. Nada como sentarse y observar. Alivia saber que la mayoría de tipos merodeando cerca de ti marcharán a sus casas sin pena ni gloria. Los problemas y delirios, su alopecia, su bilis, la maldita hipoteca, todo esfumado cuando cierran la puerta de su hogar, quién sabe dónde. A mí no me importa la gente con la que me topo en el ascensor. Creo que no soy el único. De normal tan sólo proferimos un cortés «buenos días». ¿Qué me importa dónde va, para qué o con quién? Algunos -quizá los mismos que disponen de esta rara aplicación- repiten tópicos sobre el tiempo. ¿Y?

F. Nietzsche, mi mayor referente intelectual junto a Rappel, martillea este célebre adagio: ¡Qué me importan a mí las refutaciones! Al igual que en la obra de Camus, lo extraño abandera la sabiduría. Hay quien usará «Happn» creyéndose cosmopolita. Su nula ejemplaridad aduce lo contrario. Pues, ¿qué sentido tiene referirse a inmigrante o extranjero si tanto nos importa el prójimo? ¿Y cómo explicarse esa frustración que nos supone a algunos sentirse extranjeros de nuestra propia vida? ¿O de los que, sin moverse de su ciudad, emigramos mentalmente a otra realidad paralela? Estas interrogaciones despiertan en mí profunda extrañeza.

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