10 de septiembre de 2015
10.09.2015

Fuster-Raimon y el «procés» catalán

10.09.2015 | 04:15

Algunos fusterians despistados no se han enterado todavía. Los Países Catalanes y la independencia de Cataluña no se avienen bien para aquellos que mejor conocen el pensamiento de Fuster. La propuesta de Mas „dicen estos„ no la ven clara. Raimon en el programa El suplement, de Catalunya Ràdio (3-5-2014), lo corrobora: «No participe en actes a favor de la independència perquè no ho tinc clar» y «si es crea un estat [català] podria posar en perill la unitat cultural que hi ha amb els valencians». Enguix/Partal entrevistando a Fuster (La Vanguardia, 6-9-1991), nueve meses antes de su muerte, le preguntan: «¿Cómo ha seguido la reciente polémica independentista?». Fuster responde restándole credibilidad: «€ es lógico que sea aprovechado por la gente más radical, pero la polémica se ha creado más por la reacción de Madrid [por lo que pasaba en las repúblicas bálticas y en Yugoslavia], que por otra cosa» y no le augura futuro citando a Cambó y su «librito» Per la concòrdia. Los entrevistadores insisten: «¿Insinúa que es un debate poco importante?» Fuster irónico responde: «Tendrían que ir con cuidado con esto de la multiplicación de Estados. Como se descuiden, la recepción que ofrecen a los embajadores en Madrid en el Palacio Real la tendrán que montar en un campo de fútbol o algo así».

Efectivamente, Fuster defensor de la lengua catalana y de la identidad de los territorios que la hablan, creía detectar los problemas que han impedido la unidad de los Países Catalanes, eufemismo de la nación catalana sencera „no la de Macià. Entre ellos, ya no una impensable „en 1991„ independencia de Cataluña, simplemente la división autonómica la veía con reticencia, como se refleja en la contestación a esta pregunta: «Los valencianos y los mallorquines, ¿están muy descolgados de este debate?». Fuster responde: «Absolutamente descolgados. Nosotros vivimos una época en que no teníamos fronteras interiores. Hasta que un día, con eso de la autonomía, pusieron una raya y dijeron "de aquí para arriba, tal; de aquí para abajo, tal€". En algunas cosas, la literatura por ejemplo, esa raya sigue siendo inexistente. Pero son pocas cosas. Nosotros empezábamos por abajo. Organizábamos encuentros en los que se mezclaba la gente de un sitio y del otro. Los que vinieron siguen en su sitio. Ahora eso no va». Fuster recordaría con nostalgia los tiempos que con todos los honores y presencia de autoridades, se presentaba el Diccionari Català-Valencià-Balear de Alcover-Moll en el Ayuntamiento de Valencia. Luego vendrían los desamores (Adlert/Casp), las envidias (Ombuena) y la política que todo lo acabó de estropear. «Esto es un tema político», contesta cuando le preguntan por la vía que preconiza Impura natione de Damià Moyà. Y continúa. «¿Cómo vamos a pactar la lengua? Dicen que mis propuestas no han tenido una aceptación mayoritaria. ¿Y a mí qué? (€)».

Ahora, los convergentes a-fusterians rompen la concordia y el ideal unitario fusteriano nacido en los sesenta, marcando la raya de la frontera interior que romperá el exitoso mapa surgido en los cuarenta. Digámoslo claro: la propuesta fusteriana no es secesionista; va unida a una refundación de España que reconozca la nación catalana que teorizaron. De ahí su alianza con la izquierda española que les promete respetar su ideal. Comparten el modelo de los Habsburgo o el soviético que garantiza la existencia de las naciones pero sin romper el Estado-imperial. La derecha española, dice la izquierda, no capta la idea: reconozcámosles, permitamos su unidad, será la mejor garantía para que no se vayan. Los españoles ilustrados saben que para los fusterianos «su nación antes dentro de España que rota». Pero el proceso soberanista dinamita esta estrategia, rompe la nación de Fuster. Los catalanes por un tiempo „quan més sucre més dolç„ se dejaron querer por los fusterianos, pero como con las cosas de comer no se juega, han dicho: ahí os quedáis que nosotros nos vamos. En realidad, fantasías aparte, nunca nos tuvieron en cuenta. Así que, señora Punset y señor Betoret, menos lobos.

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