10 de septiembre de 2015
10.09.2015

Refugio y acogida

10.09.2015 | 04:15

La foto, no es necesario explayarse, ha sido impactante. El niño duerme inerte en la orilla. Las olas acarician su exánime cuerpecito, en una cuna que es su sepultura.

Conmoción que estalla en un grito de solidaridad: ¡Valencia, ciudad refugio! A mí me gusta más considerarla como ciudad de acogida. Tiene una connotación más positiva, menos de reacción y más de acción. Menos pasiva y más de hospitalidad, de consuelo. Acogida es palabra más cálida.

Pues bien, ese amparo al que me refiero ha tenido una respuesta imponente por parte de la sociedad civil. Y conviene confiarla a las organizaciones que más experiencia acumulan „me refiero a Cruz Roja, Cáritas, instituciones públicas, etcétera„ y no dejar que, como lluvia de ocasión, apenas se despeje, no quede más que la pequeña cuenca de unos cuantos goterones escurridos. Hay que evitar el peligro de que sea una movida más, cosa de buenos sentimientos. Hay unanimidad. Todos queremos aportar nuestro grano de arena. Pero hay que hacerlo con orden, no a lo loco. A España le corresponden casi quince mil refugiados.

El papa Francisco ha salido también al paso, animando a que cada parroquia de la Unión Europea acoja a una de esas familias. En España hay cerca de 23.000 parroquias: sólo con esa acción sería suficiente para dar cobijo a los que vengan a nuestro país. Nosotros podemos contribuir, por ejemplo, señalando con la famosa x, en la declaración de la renta, la ayuda a la Iglesia Católica (amén de la misma x para otras ONGs: ¡ambas son compatibles!). Sólo con este sencillo gesto estaría todo resuelto: resguardo y viabilidad económica para otorgar una nueva vida, una nueva oportunidad a esas familias. Sin que, lógicamente, obste a otras posibilidades personales, familiares, sociales que se sumen a la acogida de esos desamparados.

Me gusta pensar que Valencia es ciudad acogedora, generosa, amable. Tenemos tradición. Somos conocidos por esa característica. Es lo nuestro. Ahora comprendemos que ya nunca podremos tener en nuestros brazos a ese niño orillado, pero ha removido nuestras entrañas. Lo tendremos siempre a nuestro lado: el ángel que nos conmocionó.

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