18 de septiembre de 2015
18.09.2015

Desaprendiendo

18.09.2015 | 04:15

De pequeño, a David le gustaba ver pasar las nubes tumbado en el suelo, se maravillaba con la luz de las luciérnagas, y jugaba a ser un gran explorador abriéndose paso entre lo desconocido. No había esfuerzo ni expectativas en su deleite, simplemente ocurría. Las cosas cambiaron cuando más tarde, ya en el colegio, no encontró ese espacio donde dar rienda suelta a su curiosidad y capacidad de asombro. Muy al contrario, la mayor parte del tiempo la pasaba encerrado en clase aprendiendo conceptos abstractos bajo el yugo de la disciplina.

Empezó a sentir el peso del juicio por parte de sus profesores, así como una fuerte rivalidad de sus compañeros. Ya no bastaba disfrutar con algo, sino que, además, había que ser mejor que alguien. Confuso y desorientado, cada mes le daban un papel donde se podía leer «David necesita mejorar urgentemente». Sus padres, angustiados, recurrieron al psicólogo para corregir una disfunción que escapaba a su comprensión. A partir de ahí, David se dio cuenta de que algo en él no funcionaba correctamente y, por tanto, algo había que corregir.
Pasaron los años y, aunque a trancas y barrancas, logró concluir el Bachillerato y comenzar su andadura universitaria. Para entonces, ya había desarrollado numerosas estrategias para poder encajar en el corsé establecido, ser reconocido y valorado por los demás. Se identificó con muchos personajes; David el autosuficiente, David el susceptible, David el insensible, David el implacable, o David el exigente y ambicioso. No solo había aprendido a ocultar sus heridas, sino que además, de forma inconsciente, hacía sentir a los demás como a él le habían hecho sentir de niño.

Fruto de su esfuerzo, acabó la universidad y comenzó con éxito una prometedora carrera profesional muy bien remunerada. Empezó a notar que encajaba, pero no paró de esforzarse hasta lograr el perfil perfecto. Acudía a los actos sociales más relevantes de la ciudad en su deportivo, acompañado de una mujer de postín con la que tuvo tres hijos. Hacía negocios mientras jugaba al golf en su residencia de la costa y no paraba de maquinar nuevos proyectos que no sólo le consolidaran como un hombre de éxito, sino que también le permitieran mantener su elevado tren de vida.

Ya lo había conseguido. Ya era lo suficientemente bueno y por fin las cosas eran como debían ser. Pero no exactamente. Un verano empezó a notar una especie de malestar, una insatisfacción a la que miraba de soslayo porque le faltaba coraje para hacerlo de frente. Intentaba mantenerse ocupado para esquivarla, convenciéndose de que tras las próximas vacaciones en Bali todo habría pasado. No tuvo tiempo. Una noche se levantó empapado en sudor, fue al baño y se miró al espejo. No supo reconocerse. Fue en ese momento cuando notó una fuerte punzada en su pecho. Sólo eran las nubes, la luciérnaga y el explorador, que a duras penas se abrían paso entre las rendijas de su armadura para recordarle quién era realmente: alguien único y perfecto.

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