19 de octubre de 2015
19.10.2015

El cardenal Cañizares debe renunciar

19.10.2015 | 11:26

Todos los líderes políticos y sociales, y el arzobispo de Valencia es uno de ellos, tienen el deber de medir sus mensajes, y especialmente en un tema tan delicado como la acogida de refugiados, expuesto a malas interpretaciones que pueden provocar una fácil demagogia. El cardenal Antonio Cañizares, el representante del Papa en la archidiócesis, estuvo desafortunado el pasado miércoles cuando calificó de «invasión» el drama de miles de ciudadanos sirios, sin posibilidad alguna de que sus palabras fueran malinterpretadas, pues añadió que algunos de los que van a venir no «son trigo limpio».

Ante el revuelo causado por sus palabras, el viernes tuvo que emitir una misiva de perdón al tiempo que calificaba de «linchamiento» las críticas recibidas. El pastor de la iglesia valenciana ha estado tres días en el disparadero por poner en duda la doctrina del Papa Francisco.
Sus declaraciones también han causado un gran malestar entre el clero, pues ya el Antiguo Testamento se ocupa de la cuestión: en el libro del Levítico se prescribe la ayuda al inmigrante: «si un hermano tuyo se empobrece y no se puede mantener, lo sustentarás como el emigrante o el huésped para que pueda vivir contigo». La esencia del cristianismo es precisamente acoger a aquellos que no son «trigo limpio». Las referencias son abundantes en los Evangelios y en la doctrina oficial de la Iglesia, como la Conferencia Episcopal Española que dispone de numerosos documentos al respecto, como el de 1994 «La iglesia y los pobres», que pide la denuncia de la xenofobia y el racismo, sobre todo cuando se pone «al servicio de los emigrantes». La actividad caritativa-social pertenece a la constitución de la Iglesia y la última encíclica del Papa Francisco «Crecimiento, pobreza y medio ambiente» habla de una «íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta».
Su acusación de «linchamiento» intenta enmascarar el desaire que ha perpetrado contra las cuestiones básicas del Evangelio. En un estado de derecho no hay nadie exento de crítica y más todavía entre quienes representan a grandes colectivos humanos, en especial cuando la parte sustantiva es el compromiso explícito y activo por los que no son «trigo limpio».

El arzobispo de Valencia ha demostrado su falta de sintonía con las pautas de quien ocupa la silla de San Pedro en el Vaticano y ha comprometido el gran trabajo social que realiza una gran cantidad de fieles en parroquias y organizaciones como Cáritas, ejemplo de reconocida solidaridad como brazo social de la iglesia de los pobres y los desamparados. Ha quedado pues desautorizado como referente social y garante de la caridad cristiana, por lo que solo tiene una salida digna, la renuncia, en lugar de encastillarse aún más con críticas hacia quienes han subrayado sólo lo que es obvio, que ha cometido un grave error en el desempeño de sus funciones al airear lo que piensa de verdad, en su fuero interno, no en un acto concreto.

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