30 de octubre de 2015
30.10.2015

El agua pesa

30.10.2015 | 04:15

Incolora, inodora e insípida. Pero bajo ese aparente aspecto etéreo, el agua pesa, y mucho. Cada año un hogar de tamaño medio recibe en su domicilio cien toneladas de ese preciado elemento. Llegan de manera imperceptible, sin que sepamos muy bien de dónde ni cómo, empujadas por bombas y conducidas por una red de tuberías que queda oculta bajo nuestros pies. Si miramos en el campo, las mandarinas o naranjas que ahora comemos obtienen su zumo de las 6.000 toneladas de agua de riego que han recibido por cada hectárea dedicada a su cultivo.
Antes, el agua llegaba por su peso de manera abundante a campos y ciudades, siguiendo el camino natural del río, pero eso ya es pasado. Ahora, y cada vez más, tenemos que empujarla para abastecernos. La obtenemos del subsuelo, del mar, de ríos lejanos y hasta de depuradoras para calmar nuestra sed y necesidades. Esa agua, que corría cantarina a nuestro encuentro, nos está dejando. Por citar un ejemplo, en el río Xúquer, a su paso por Tous, el caudal que circularía en régimen natural, el que tiene un río si no es alterado por la voluntad del hombre, se ha visto reducido a la mitad en los últimos cincuenta años, y lo que es más grave, a corto plazo, muchos de los lectores de este artículo lo verán reducido en más del veinticinco por ciento. Ante este futuro inmediato tenemos que estar preparados.

Cuando el agua escasea, algunos proponen que la tomemos de otros ríos. Que construyamos autopistas del agua, de decenas o cientos de kilómetros, por las que empujar los envíos de millones de toneladas anuales salvando valles y montañas, en un trayecto que más bien se parece a aquel que vemos en las etapas de montaña de las vueltas ciclistas. Para tomar decisiones hay que hablar antes con los ribereños, con los que habitan esas tierras, y conocer su vida y sus necesidades, pero también hay que hablar con toda esa «gente» a la que tanto amaba y respetaba el cazador Dersu Uzala, la que vive en bosques y ríos, y saber también de sus necesidades. Algo se podrá trasvasar de unas cuencas a otras pero habrá que estudiarlo y discutirlo serenamente.

Otros dicen que la solución está en la desalación. Ese proceso que quita la sal al agua del mar. Pero tiene una pega, e importante: consume mucha energía. Para que nos hagamos una idea, pongamos un ejemplo. Todas las desaladoras construidas en la Comunitat Valenciana, a pleno rendimiento, elevarían el consumo de electricidad en un 3,5 %. Pero hay algo más, y mucho más preocupante, para generar esa electricidad se emitirían más de 250.000 toneladas de CO2 a la atmósfera. No parece que sea el camino cuando una de las prioridades es la sostenibilidad y la lucha contra el cambio climático. Aún así, con prudencia, tiene un papel que jugar.

Hay quienes buscan la solución para el riego agrícola y otros usos en la reutilización. Aprovechar el agua que sale de las depuradoras dándoles un tratamiento adicional que permita un nuevo empleo. Se puede „la técnica lo permite y la legislación española lo regula„ pero no es ninguna panacea. No es un recurso adicional tan importante como algunos creen. En parte ya lo estamos usando, ya sea de manera planificada, tratando adecuadamente el agua, o de forma natural, devolviendo el agua depurada al ciclo hidrológico. Pero además hay que contar que hay agua que no es apta por su exceso de salinidad, que se precisa de embalses para su almacenamiento y regulación, y que los suelos no se pueden regar exclusivamente con este tipo de agua. En cualquier caso, aún queda cierto margen para que podamos utilizar este recurso.

Agua no hay para todos, ni se la espera. Soluciones mágicas tampoco. Aún así, disponemos de opciones que no podemos desaprovechar. Todas las puertas están abiertas cuando las propuestas son consensuadas entre las personas y la gente a la que también afecta. Es momento de buscar acuerdos, urge.

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