08 de noviembre de 2015
08.11.2015

En estas horas de confusión

Abruma comprobar la nula relevancia de la política valenciana en el contexto español. Ignoran quiénes somos, qué nos pasa, cuáles son nuestros problemas y cuál es el grado de felonía que el Gobierno español ejerce sobre los valencianos.

08.11.2015 | 04:15

El panorama político valenciano se enrarece. Mientras García Margallo recluta voluntarios para sofocar la sublevación catalana a las órdenes del comandante Rajoy, las consecuencias de la campaña electoral para el 20D se precipitan sobre la política valenciana. No íbamos a ser ajenos al escenario de chulería y temeridad que se encuentra fuera de control. Abruma comprobar la nula relevancia de la política valenciana en el contexto español. Ignoran quiénes somos, qué nos pasa, cuáles son nuestros problemas, por qué la autonomía valenciana es inviable, qué sentido tiene la visita del president Ximo Puig a Mariano Rajoy y cuál es el grado de felonía que el Gobierno español ejerce sobre los valencianos, desconcertados y perplejos ante una fórmula de autogobierno que no sirve ni para hacernos visibles.

A la euforia de las fuerzas emergentes, tras conquistar las más altas cotas de poder doméstico en las elecciones autonómicas y municipales el 24 de mayo, ha seguido la constatación de que la política valenciana se desenvuelve en un entorno confuso. Varios frentes y bastante imprevisión sitúan la primera divergencia en la coalición de gobierno entre PSPV-PSOE y Compromís, apoyada por Podemos, en la versión local que capitanea Antonio Montiel. Ya se hicieron visibles las refriegas para conformar el Consell, al aventar las desavenencias internas entre los socios de gobierno y dentro de las formaciones políticas que lo habían de constituir. Nunca es buen camino confundir la política valenciana con la granja animal, como la describió en plena rebelión Georges Orwell, en su alegato antiestalinista, con la consecuencia de que al final no había forma de distinguir a los humanos de los cerdos.

Si los valencianos hubieran tenido la tentación de recrear el Partido Comunista Reconstituido del PV, el camino más directo hubiera sido utilizar la plataforma de Esquerra Unida, heredera del PC de siempre, con o sin Podemos, porque todos provienen de la misma fuente ideológica. Ahí los componentes de Iniciativa, hoy en Compromís, se sentirían ensamblados y partícipes de los postulados ideológicos que los reintegran. Es bien conocido que la directriz centralista, rígida y autoritaria del comunismo se desenvuelve con dificultad para defender y propugnar posiciones particularistas. Hoy, si hay una claridad en este panorama es que el valencianismo político sigue siendo necesario y una rara avis. Por tanto muy particular y específica.

Quienes crean en el valencianismo como trinchera política, además de sentido heroico, habrán de ejercitar firmeza y audacia como virtud para sobrevivir. Sin valencianismo político la sociedad valenciana está perdida, porque desde ninguna otra atalaya nadie ha logrado demostrar que entre sus objetivos está la defensa de los intereses de los ciudadanos valencianos a ultranza y por encima de otras servidumbres.

A lo largo de la transición, desde 1975, ninguno de los partidos que han ejercido poder en el Estado español, ha sido capaz de salvaguardar los intereses de este territorio que conocemos como Comunitat Valenciana. Que es un país que tiene sus raíces forales en el Regne de València. Territorio perfectamente delimitado que fue desposeído de sus libertades e instituciones y por tanto de su dignidad, por la fuerza de las armas y con el Decreto de Nueva Planta en 1707. Ni UCD „y menos con la colaboración de Fernando Abril Martorell, amigo de Alfonso Guerra, partidario de aplicar el artículo 155 de la Constitución contra las autonomías„, ni el PSOE de Felipe González „con el lastre jacobino del guerrismo, con Josep Borrell y Manuel Marín a la cabeza„, ni los sucesivos gobiernos de PP, primero con Aznar y después con Rajoy. Ninguno de todos, corifeos de los presidentes valencianos Eduardo Zaplana „colega de Pérez Rubalcaba„ el interino y zaparrastrero José Luis Olivas, el defenestrado Francisco Camps, o el paracaidista Alberto Fabra, han sido nunca valedores de los intereses valencianos, más allá de su cortedad de miras y de las instrucciones que recibían de su partido, con sede en la calle Génova de Madrid.

Los valencianos, como pueblo, lo tenemos difícil si queremos sobrevivir. La solución a nuestros males pasa por una fuerza política que quiera y sepa ejercer influencia y poder suficientes para ser conocida, respetada y temida en el entramado de poderes políticos y fácticos que rigen los gobiernos españoles. La última afrenta que hemos soportado es la entrevista in extremis entre Mariano Rajoy, presidente español en funciones y el president de la Generalitat Valenciana, Ximo Puig. La respuesta a las demandas y exigencias del mandatario valenciano se ha limitado a supeditar las soluciones a un hipotético Gobierno del PP después del 20D. La provocación para desencadenar la insurgencia valenciana no puede ser más evidente ni estar más justificada.

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