12 de noviembre de 2015
12.11.2015

Educadores

12.11.2015 | 04:15

Es un oficio que requiere una especial contextura personal. Ni está valorado socialmente, ni económicamente y ciertamente se trata de una profesión de riesgo. Solo un dato: más del 25 % de los docentes sufren o han sufrido de depresión. Tozudamente, año a año, el sistema arroja unos pésimos resultados: un 37 % de los estudiantes de Secundaria de la Comunidad Valencia abandona los estudios, en declaraciones del secretario autonómico, Miguel Soler, y que recogía Levante-EMV recientemente.

Se oyen diversas voces. José Antonio Marina, por ejemplo, aboga por incentivos y manda un señuelo: no es justo que un buen profesor gane lo mismo que uno malo. Podría ser. Pero mi pregunta es: ¿por qué hay malos profesores? La educación es una profesión muy vocacional, como los médicos. Un abogado, por ejemplo, igual sirve para un roto que para un descosido; y un ingeniero, pues lo mismo (y que me perdonen). Pero no es ésta la situación de los docentes.

Voy a lanzar una propuesta, que no he visto suscrita todavía por nadie. Para ser docente, estoy hablando de los colegios públicos, el candidato ha de realizar una oposición. Lógicamente, ha de dedicar tiempo a su preparación, realizar previamente el máster de educación, etc. Total, ha invertido bastantes recursos para lograr un puesto estable, y de por vida, en la Administración. Y luego comprueba con horror, al cabo de poco tiempo, que carece de las cualidades necesarias para ser un auténtico educador. Y ya, en la mayor parte de los casos, no hay vuelta atrás. Nos encontramos con una persona que va a desarrollar una tarea docente durante 30 o más años, y no tiene condiciones. ¿Qué hacer? Ésta es una cuestión principal, pues el diagnóstico de lo que nos pasa, según distintos indicadores, está precisamente en el cuerpo docente, aunque no solo. El dicho popular de que para enseñar no basta con tener (conocimientos) sino que hay que ser (coherente, empático, flexible, laborioso, paciente, etc.) es especialmente evidente. En Levante-EMV, hace unos días, una experta en coaching escolar, Sofía Virosque, manifestaba que «si el maestro entra feliz al aula, los alumnos copian el modelo por la necesidad de pertenencia al grupo». Y aunque lo aplicaba al aula de Infantil, me parece que se puede referenciar a todas las etapas del aprendizaje. Todos tenemos experiencia de ese profesor que nos obnubiló, y no solo por sus conocimientos, sino por su modo de ver las cosas y proyectarlas en el aula. Daba igual que fuera de Lengua, Historia, Matemáticas o Química.

Y ahora viene la propuesta. Quizá habría que dar salida voluntariamente a esos docentes que se ven incapaces de seguir desempeñando su labor profesional; y ayudarles a que, con el mismo sueldo y semejantes condiciones laborales, pasen a otro lugar dentro de la Administración pública. Son titulados universitarios con capacidad de adaptación. Sería fácil reciclarlos mediante, por ejemplo, un curso adecuado, para ocupar otro puesto en donde su labor no se vea torpedeada por el bárbaro preadolescente/adolescente. Sería una solución fácil y rentable. Mantener los actuales niveles de fracaso escolar es mucho más traumático, costoso e ineficaz para todos: docentes y educandos. Nos va mucho en ello. No podemos continuar consintiendo este desastre nacional.

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