19 de noviembre de 2015
19.11.2015

Canguros

19.11.2015 | 04:24

La gran novedad del capitalismo contemporáneo es que el descenso relativo de los salarios y la ambición de ir a mejor en la sociedad de consumo ha hecho imposible cumplir, incluso para los pudientes, aquella promesa del albañil madrileño a su novia costurera: «Cuando nos casemos te voy a tener en casa como una reina, como las burguesas». El feminismo ha legitimado este arreglo del doble trabajo, del doble ingreso pero el resultado doméstico es que parte del dinero que la mujer gana se lo gasta en otra mujer que la ayuda en casa porque la mayoría de los maridos no sirven para fregar.

El capítulo de los niños es aún más peliagudo. Las españolas tienen el dudoso privilegio de ser las mujeres menos fértiles del momento. Como el Estado no es precisamente pronatalista, no compensa quedarse en casa a tener y cuidar niños. Por eso, cuando vienen, hay que seguir trabajando. La madre trabajadora enseguida vuelve a su puesto y deja al niño en manos de otros. ¿De quién? Hasta que pueda  ir al colegio se recurre a la guardería. Hay quien tiene la suerte de tener una abuela a tiempo completo, pero no todos la tienen y hay que recurrir a la canguro por horas.

La canguro suele ser una estudiante o una inmigrante. Muchas norteamericanas consiguen canguros baratas entre las latinas ilegales que cobran poco y tienen fama de cuidar con cariño a los niños. Recientemente se ha visto en América el juicio contra una canguro inglesa, Louise Woodward, acusada de matar al niño que cuidaba. En él se ha puesto de manifiesto la amplitud de ese nuevo fenómeno social, el que la mujer moderna quiera o tenga que trabajar  en vez de cuidar a a sus pequeños. El niño muerto tenía ocho meses y Louise lo cuidaba a la vez que a su hermanito de dos años. Era una tarea muy pesada para una chica como Louise, de diecinueve años, que se marchó de un pueblo inglés a hacer las Américas y quería trabajar pero también divertirse. Los padres de los niños alegaron, entre otras cosas, que Louise salía demasiado de noche pero no pudieron probar que  fuera descuidada.

Algunos expertos han aprovechado la ocasión para poner de relieve la insolvencia de una sociedad como la actual, que rompe con la tradición del cuidado de la infancia porque en otros tiempos, en otras culturas, los niños pequeños eran más de todos, se criaban en la calle. Hoy, en el modelo occidental urbano, los niños son sólo de sus padres y están superencerrados con ellos o con sus sustitutos.  Ello representa una peculiar manera de socialización infantil de la que psicólogos y sociólogos extraen consecuencias peligrosas para el carácter de las nuevas generaciones y la organización de la sociedad venidera. Pero no hay que caer en pesimismos. La naturaleza humana es muy resistente. Al fin y al cabo, los niños de los ricos han estado habitualmente en manos de criadas y, de adultos, no parecen estar más tarados que el resto de la población.

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