19 de noviembre de 2015
19.11.2015

Le Corbusier, a los 50 años de su desaparición

19.11.2015 | 04:15

Al finalizar el mes de agosto de 1965, se producía en la costa mediterránea francesa, en la playa de Rochebrune en Cap Martin, a los 77 años, el fallecimiento del que sin duda ha sido uno de los más brillantes arquitectos del siglo XX: Charles-Eduard Jeanneret, mas conocido como Le Corbusier. A pesar de su fama, su muerte no tuvo en España apenas transcendencia. Los periódicos españoles, tan solo publicaron una discreta noticia de agencia anunciando su defunción, con la excepción del ABC que mostraba una imagen del convento de la Tourette junto a un retrato del artista, en primera página del sábado 28, haciendo una sentida loa del arquitecto «cuyo ingenio e innovaciones de técnica y estilo rompieron la rutina de la arquitectura en los últimos lustros». Sin embargo en Francia la repercusión fue extraordinaria y se produjo una avalancha de escritos laudatorios (apropiándose de su nacionalidad, en realidad había nacido en Suiza) y dejando en el olvido numerosas críticas que sobre su obra y su persona se había producido a lo largo de su dilatada trayectoria, en muchas ocasiones envuelta en apasionadas polémicas

Siempre buscando una nueva forma de concebir la arquitectura, su brillante obra construida se complementa con los numerosos proyectos que nunca vieron la luz y se afianza con unos textos siempre apasionados y vibrantes dejando una importante huella, que ha influido de forma notoria en las sucesivas generaciones de arquitectos. Sus obras siguen siendo hoy objeto de análisis y modelo en la mayor parte de las escuelas de arquitectura de todo el mundo. Una simple relación de algunos de sus más conocidos proyectos de gran alcance ilustran sobradamente la importancia y la admiración que despierta su obra: La villa La Roche-Jeanneret (1923-1925), las casas para la Weissenhof, en Stuttgart,1927, la villa Savoye, en Poissy, 1928-29, quizá su obra mas emblemática, la Unidad Habitación (Marsella), 1946-52, Chandigarh,1950-69 su intervención de mayor entidad, una ciudad de nueva creación en el Punyab indio en la que construye sus edificios públicos mas representativos, o convento de los dominicos de la Tourette 1953 1960, en Évreux . Muchos de ellos he tenido ocasión de visitarlos, quedando desagradablemente sorprendido al comparar esas obras pioneras, realizadas muchas de ellas con anterioridad a los años 30, con la arquitectura que al poco de terminar mi carrera, ya al filo de los años 80 se estaba construyendo en nuestro país y que suponía una evidente marcha atrás con respecto a lo que Le Corbusier y otros arquitectos, Mies Van der Rohe, Walter Gropius o André Lurcat entre otros, venían practicado desde hacía décadas y que apenas trascendió a nuestro país, en escasos ejemplos singulares, durante un corto período, hacia los años treinta, debido a los esfuerzos de un reducido grupo de arquitectos asociados en torno al Gatepac (Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea).
Hay sin embargo entre su obra un caso excepcional a los que querría dedicarle unas breves líneas, que siempre me ha intrigado por el contraste que supone con respecto a su trayectoria profesional, y que realiza en la etapa final de su producción arquitectónica. Me refiero a la iglesia de de Notre-Dame du Haut, 1953-1955, en Ronchamp, seguramente uno de los edificios de los que he tenido ocasión de visitar cuya contemplación y disfrute me ha producido una mayor emoción, a pesar de sus escasas dimensiones, que transita con firmeza por unos nuevos caminos que hasta el momento no había contemplado y que en cierto modo marcan una arquitectura encriptada, que no acaba de converger con sus proclamas racionalistas tantas veces manifestadas en su largo quehacer arquitectónico.,
Hoy cuando se cumplen los cincuenta años de su fallecimiento, disponemos de nuevas aportaciones generadas en torno a la magna exposición realizada en el Museo de Arte moderno en, 2013 de Nueva York y en los cada vez más numerosos estudios en los que las nuevas generaciones de arquitectos y expertos de estética o de historia del arte analizan los pormenores de su extensa obra, proyectada, construida, teórica o pictórica.A este respecto hay que subrayar la eficiente gestión de la Fundación Le Corbusier que desde hace años conserva y mantiene su legado, y que tiene su sede en París, en una de sus residencias unifamiliares mas representativas.
El conocimiento y difusión de su obra en Valencia, se produjo lógicamente a partir de 1966 con la creación de la Escuela de Arquitectura y las escasas publicaciones que a través de editoriales argentinas, sólo presentes en contadas librerías especializadas, que publicaron gran parte de su obra, destacando el Mensaje a los estudiantes de arquitectura, en Ediciones Infinito, que en 1967 alcanzaba su tercera edición, o el Modulor,-subtitulado Ensayo sobre una medida armónica a la escala humana aplicable universalmente a la arquitectura y a la mecánica- que publicaba su segunda edición por la editorial Poseidon en 1961. Los frutos de su extensa trayectoria, con sus aciertos y errores, son prácticamente inabarcables pero sigue en pie la mayor parte de su obra construida que con sus numerosos escritos forman un amplio corpus repleto de interés, que en su conjunto me atrevería a resumir con una de sus polémicas frases, dedicada, en 1936, dedicada, en 1936, al Grupo de arquitectos modernos de Johannesburgo: «La arquitectura es un estado del espíritu y no un oficio».

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