06 de diciembre de 2015
06.12.2015

El nacionalismo progresista de Lluch

06.12.2015 | 04:15

Decía Martín Domínguez que enterrar a los muertos no es sólo darles sepultura, sino, más bien situar a cada uno en su sitio. Sorprende en este periodo preelectoral la invisibilidad de la política valenciana y su escaso peso específico. Ni en encuestas ni en valoraciones de notoriedad de los líderes, aparecen los políticos que gobiernan y actúan en el territorio autonómico „Mónica Oltra incluida„ que representa el diez por cien en el conjunto español en PIB, población, bastante más en exportación y turismo, en superficie, en ahorro o en implantación industrial y agroalimentaria. Los vaticinios del CIS de que los resultados del 20D en la CV pueden ser 12 diputados para PP, 7 para Ciudadanos, 7 para Compromís y 6 para PSOE, avanzan un panorama insólito.

El debate se abrió con los avatares del Partit Socialista del País Valencià en tensión continua con el socialismo español. Ernest Lluch, inclinó la balanza pragmática y posibilista hacia el PSOE, enfrentado a Vicent Ventura. Se prosiguió con diferentes intentos para conseguir una fuerza política netamente valencianista con Unió Democrática del País Valencià, el Partit Nacionalista del País Valencià, Unitat del Poble Valencià o el Bloc Nacionalista Valencià, opción siempre boicoteada por los partidos con vocación y obediencia centralistas. Podemos está en ello. En paralelo surgieron las pretensiones de UCD y Alianza Popular de barnizarse con un halo de valencianismo ´bien entendido´. Se desembocó en la creación de Unión Valenciana, a cargo de González Lizondo que desbancó a Francisco Domingo Ibáñez (Convergència Valenciana), posteriormente engullida por el Partido Popular, en una operación de cerco y derribo que llevaba el sello del siete veces conseller, con PSOE y PP, Rafael Blasco, hoy en prisión.

El 21 de noviembre se cumplieron quince años desde el asesinato de Ernest Lluch en el garaje de su casa en Barcelona. Aniversario muy próximo al de la muerte de Franco, con 25 años de antelación, aquel 20 de noviembre de 1975, en el que los españoles experimentaron el vértigo de no saber adónde podían ir a parar. En la década de los 70, con la presión ideológica de los estertores de la dictadura, llegó Lluch a Valencia en compañía de la que fue su esposa Dolors Bramòn. Tenían casa en la calle general Prim. Centro de reunión de quienes trabajaban con él en la Universitat y fuera de ella. Junto a él un grupo de profesores universitarios catalanes (Joan Reglà, Miquel Tarradell, Emili Giralt, Josep Fontana o Jordi Nadal) junto al mallorquín, Miquel Dolç, aterrizaron en la Universitat de València, para iluminar el panorama. Nos enseñaron a pensar. De economía aprendimos poco o mucho, pero nos abrieron los ojos e hicieron posible la afirmación valenciana que vino después. «Ni apèndix del nord ni colonitzats del sud» en frase de Fontana. De esa simbiosis, de los de abajo con los de arriba, resultó la apertura de ventanas para que entrara el aire fresco, entre europeísta y de fair play británico, que se necesitaba para oxigenar el panorama intelectual. De ahí salieron la Taula de Forces polítiques i Sindicals del País Valencià y el grupo de los Deu d´Alaquàs, detenidos, condenados y amnistiados. Episodio intenso de la política valenciana en la Transición española protagonizado por Ernest Lluch, Vicent Soler, Josep Guía, hasta la decena.

El papel de Ernest Lluch, junto a Alfons Cucó, fue decisivo para elaborar los cimientos del valencianismo político. Lluch formuló su propuesta de ´nacionalismo progresista´, contrapuesto al españolista y a los postulados reaccionarios de los partidos conservadores. Más como una etapa a cubrir para alcanzar el equilibrio entre los pueblos de España, para después abandonar el nacionalismo catalán, vasco o valenciano. Compaginó este proceso con ser ministro de Sanidad, desde la sala de máquinas del gobierno de España, donde dejó la huella de la sanidad pública y universal. Añadía, «cuando nuestra lengua y nuestra cultura tengan libertad, cuando nuestras instituciones históricas y jurídicas puedan existir, cuando el autogobierno sea una realidad, nosotros „los socialistas„ dejaremos de ser nacionalistas». Una utopía que nunca se cumplió.

Cada mes de noviembre, desde la admiración y el respeto, guardamos silencio por la desaparición de un pensador entusiasta convencido de que la Constitución de 1978 era suficiente para resolver las diferencias entre los pueblos del Estado español. Año tras año, unos días después del 21 de noviembre, cuando fue eliminado por la sinrazón, hay quien lo contempla con amables recuerdos sobre su figura (Vicent Soler y Ximo Puig en 2015) y otros se preguntan, una vez más, ¿quién lo mandó matar y por qué lo hicieron?

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