08 de diciembre de 2015
08.12.2015

¿Asaltar los consejos de administración?

08.12.2015 | 04:15

Estamos acostumbrándonos a escuchar a los líderes políticos de izquierdas abjurar de sus ideales, haciendo removerse en sus tumbas a los padres fundadores con ese permanente ejercicio de renuncias y fugas hacia el disputado centro. Tal viraje a posiciones equidistantes de los siempre incómodos extremismos, también se había notado en el mundillo sindical desde los ya lejanos tiempos del Pacto de la Moncloa y las primeras (parece que incluso olvidadas) reformas laborales. Pero, en contraste con sus homónimos dirigentes políticos, los popes sindicales cuidaban un poco más la imagen, y procuraban -muy de tarde en tarde- lanzar cantos de guerra y amenazas contra los siempre odiados explotadores de la clase obrera. Por supuesto que el aparente cabreo se quedaba en eso, en aparente; al poco tiempo se imponía el espíritu dialogante, bondadoso incluso, y aparecían juntos y sonrientes estrechando la mano del patrón mayor para anunciar unos acuerdos que, aunque magros en beneficios, eran lo mejor que se podía sacar en las actuales circunstancias que ellos comprenden tanto como el sufrido empresariado patrio.

Esto ha venido siendo así, más o menos, hasta que la UGT-PV tuvo la feliz idea de elevar a lo más alto de su aparato a Gonzalo Pino. No sabemos si ha sido por la toma del Palau de la Generalitat por su correligionario Ximo Puig, lo cierto es que el flamante líder ugetista se siente pletórico y se entrega a la tarea de explicar a todo el mundo sus brillantes proyectos, que de ser aceptados por el antiguo enemigo de clase, lo colocarían a él y a los suyos dirigiendo la economía y la producción, en sana armonía con el empresariado.

Desde luego la idea no es nueva, ya la puso en marcha la socialdemocracia alemana en colaboración con el sindicato mayoritario en aquellas tierras. O sea que la propuesta llega con medio siglo de retraso y en un momento pésimo. La cogestión y el estado de bienestar fueron concesiones a los sindicatos en los años cincuenta para evitar que los trabajadores mirasen hacia sus colegas soviéticos, enfrascados y atascados en una revolución tan temida por los empresarios occidentales como por los dirigentes del Este. Hoy hasta en la misma Alemania la cogestión es poco más que un recuerdo; el sindicato IG no deja de perder afiliados y poder, mientras la patronal -lejos de compartir la dirección de sus empresas, como ingenuamente sugiere Pino- está recortando las condiciones de los trabajadores hasta obligar a la juventud a aceptar los minijobs y a muchos jubilados a tener que trabajar para complementar la exigua pensión.

Y si ese modelo ha fracasado en los países del centro y norte europeos, con una tradición de respeto a las normas establecidas, qué podemos esperar de un país como el nuestro donde la corrupción, el fraude fiscal, la fuga de capitales, las mordidas y el enchufismo tienen tanto predicamento. En lugar de proponer más influencia para la casta ex-obrera, lo que hay que exigir es que se depuren responsabilidades en los vergonzosos casos de corrupción, ERE amañados, subvenciones fraudulentas, tráfico de influencias, etc. que afectan a más de un aparato sindical.

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