17 de diciembre de 2015
17.12.2015

Sirera

17.12.2015 | 04:15

U na semblanza es la descripción moral y física de una persona, a veces acompañada de ciertas referencias biográficas relevantes. Pero esta descripción adquiere importancia cuando la persona trasciende y entronca con la vida de los demás, es decir cuando conecta con un grupo social determinado e influye en el desarrollo de sus actos, comportamientos y sentimientos, mejorando los principios éticos de convivencia y de relaciones mutuas. Así ha sido mi entrañable amigo Josep Lluís Sirera. Él me recordaba, en nuestros encuentros de los lunes en Valencia, la frase de Miguel de Unamuno: «Solo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe€ No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura». Y eso es lo que durante muchos años nos ha ofrecido con su teatro, con sus clases en la universidad, con sus conferencias, con sus investigaciones, con la solidaridad y el apoyo a los proyectos culturales y teatrales de las ciudades y pueblos del País Valenciano. Siempre entendió a la perfección que el impacto cultural siempre será un hermoso vehículo de comunicación, y también porque la cultura, el teatro es la manifestación más antigua de revolucionar el mundo.

De gran merecimiento es el recordatorio que se le hace a un hombre que llenó su vida y su corazón de inmensa generosidad. Su trayectoria personal, llena de sacrificio, de bondad, no sólo en la vida privada sino, enfáticamente, en la vida profesional. Porque desde allí, desde la universidad, ha cantado como nadie las excelencias de la justicia y la solidaridad; la reflexión que nos hace ser apasionados y justos; la ilusión que transmite sensaciones y tolerancia a los demás; la moderación en las palabras. Su prudencia y ecuanimidad marcaban una huella: la huella imperecedera de la sencillez y de la lealtad, una lealtad seductora que magnifica su compromiso con el teatro, la enseñanza, con la sociedad. Josep Lluís tenía muy claro que el teatro podía ayudar a transformar el mundo en una zona mucho más entrañable, donde las relaciones fueran de respeto y de mutua comprensión, y donde la cultura, la música, la poesía y el teatro tuvieran un lugar predominante, un espacio en lo más alto pero tan cercano, a la vez, que todos pudieran alcanzarlo.

Yo te conozco, Josep Lluís, o por lo menos, más que otros sí te conozco, y sabía de tus ideas que no solo se basaban en la innovación, sino también en tus actos, en tus obras al alimón con tu hermano Rodolf, cuyas fuentes inspiradoras son, inequívocamente, el triunfo de las ideas progresistas, las acciones encaminadas a defender y desarrollar las libertades y luchar para que en nuestro país no se instale la intolerancia, motor laminador de la información, de la cultura, de la educación y del estado del bienestar.

He tenido un buen amigo a mi lado, en los momentos de gloria y en los momentos difíciles. Has prologado mis publicaciones, me has ayudado en trabajos dramatúrgicos. Leíste mi última obra, todavía no publicada, sobre el quinto centenario de la llegada de las monjas clarisas a la ciudad de Elx a principios del siglo XVI. Fuiste una gran ayuda, como siempre la he tenido a lo largo de más de treinta y tantos años. Siempre has sido para mí un gran hombre, un buen hombre, de esos hombres que reivindican a diario la dignidad de las personas, porque eras consciente, Josep Lluís, de que uno no se hace digno de la libertad y de la existencia sino aquél que tiene que conquistarla todos los días. Y tú, amigo mío, sí la tenías.

Aún recuerdo cuando iniciamos, tu como redactor jefe y yo como director, la Revista de Teatre del País Valencià, La Tramoia , con un consejo de dirección extraordinario: Manolo Molins, Eduardo Zamanillo, Antonio González, Toni Tordera, Gaspar Maciá, Pep Cortés, Rodolf Sirera, Iván Aranda, Xavi Rico... Tiempos aquellos llenos de inquietud y de lucha por hacer prevalecer la cultura, la actividad teatral por encima de la mediocridad y las miserias de algunos políticos. Como el tiempo en que despeñaste el cargo de vicerrector de cultura, de la Universidad de Valencia, ejerciendo la libertad de crítica, coordinando la creación y puesta en escena de Zero Responsables, sobre el accidente del metro en Valencia, teatro de denuncia, teatro directo enlazando interpretación cultural y manifestación social, y que tantas dificultades personales trajo consigo, por decir la verdad, por defender la ética y la libertad de expresión. Ambos recordábamos aquel dicho de John F. Kennedy: «Si hubiera más políticos que supieran de poesía, y más poetas que entendieran de política, el mundo sería un lugar un poco mejor para vivir en él».
Catedrático del Departamento de Filología Española, decano y director del departamento de la Facultad de Filología y el servicio de bibliotecas, investigador y especialista en teatro medieval, colaborador excepcional como director de los seminarios, durante muchos años, del Festival de Teatro y Música Medieval d´Elx, estudioso de La Festa, y colaborador incansable por la obtención del Misteri, como patrimonio de la humanidad. Josep Lluís, como diría W. Shakespeare: «Somos del mismo material del que se tejen los sueños, nuestra pequeña vida está rodeada de sueños». Siempre te recordaré, despierto o soñando.

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