18 de diciembre de 2015
18.12.2015

¿Qué fue el cambio?

18.12.2015 | 04:15

Sobre la transición se ha escrito mucho. Se ha reflexionado sobre ella desde muy distintas posiciones políticas o intelectuales, con variada fortuna, y son más abundantes las que reconocen el valor de aquella empresa inaudita que las que la revisan con una visión negativa o recelosa. No son las 333 historias de la Transición que contiene la obra del periodista Carlos Santos, publicada por «La esfera de los libros», tan sólo un relato variado del proceso, con fervor de erudito, ni un documento analítico que persiga una explicación del tránsito, aunque la contenga, que la contiene de un modo muy preciso. Ni siquiera una crónica. Y no es un libro más sobre aquel tiempo, entre otras cosas porque no es sólo un libro sobre la transición. Este es también un libro sobre la decadencia y los estertores de la dictadura que refleja muy bien ese final del franquismo que suele recordarse poco. Una época de libertades vigiladas, de antros consentidos con peligro de asalto, de reuniones toleradas bajo riesgo de cárcel, de desafíos al régimen con finales inciertos. Carlos Santos habla aquí de esas y otras situaciones parecidas, incluso de algunas persecuciones.

Se trata de un espléndido ejercicio de memoria, del resultado de una mirada personal que constituye un retrato espléndido de la época. Tanto de las escenas políticas de aquel tiempo como de las estampas sociales y culturales con las que la vida de España iba configurando una transformación hacia la democracia inevitable bajo el acecho de un autoritarismo que se sabía perdido o que se resistía a perder. El libro está repleto de anécdotas y sucesos, descritos con tan buena escritura que a otros como a mí les recuperará la memoria de un tiempo insólito con tan variados protagonistas. Pero no bastan las anécdotas que enriquecen el relato y nos permiten la sonrisa ante situaciones que pudieron resultarnos unas veces pintorescas y otras particularmente dramáticas, porque el libro tiene el valor añadido de las descripciones de escenarios de la época, y diría que hasta de sus olores, con una sencillez narrativa de indudable valor en la que aparecen, vivos o muertos, nombres destacados en nuestra historia inmediata y otros sometidos ya al olvido. Un ejercicio de memoria, con curas, profesores, periodistas, cantantes o actrices, sobre lo que dice el autor que probablemente sea lo mejor que le ha pasado a España y lo mejor que le puede pasar a una sociedad: «que los sueños se cumplan y se cumplan con el menor coste, con alegría generalizada».

Carlos Santos consigue combinar el relato riguroso de aquel tiempo con la amenidad descriptivas de sus cambios sociales, la evolución de la estética y el protagonismo de la cultura y la transgresión en un tiempo de confabulaciones políticas de viejos zorros y librepensadores, de luchadores atrevidos y frívolos y frívolas dislocados en un nuevo jolgorio. Hace historia de España por donde el humor la retrata y el ridículo la perfila, pero también por donde la pasión se mezcla con el rigor y el talento. Este es un libro que describe emociones, que hurga en ellas y en lo que tuvieron que ver con un país que ha perdido mucha capacidad de emoción, de talento y de la decencia ganada después de que el sátrapa muriera. Un libro al que acompañan las voces de la época, con sus músicas y sus letras, las músicas y las letras de un tiempo de agitación lleno de músicas. Un libro muy bien ordenado para describir una etapa histórica excepcional que ha hecho un recorrido hasta el desencanto. Porque hoy asistimos a un cambio, si es que éste va a ser tal, que nada tiene que ver con el paso de una dictadura feroz a una democracia real. Este nuevo tránsito podría ser quizá una renovación necesaria de la democracia conseguida y malbaratada al paso del tiempo. En todo caso, ni los emergentes políticos que hablaron despectivamente en días relativamente cercanos de lo que llamaron el régimen del 78, ni aquellos otros que negaron capacidad renovadora a los no nacidos en democracia, ya fuera desde la izquierda o desde la derecha un día, o desde el centro o no se sabe desde qué otro lugar más tarde, dejan de reconocer hoy el valor de aquella transformación de nuestra sociedad. Acaso porque la razón, el sentido común o la conveniencia los ha llevado a entender que todo futuro es siempre consecuencia del pasado, por obvio que resulte, y que sin memoria no se avanza, que la amnesia es el resultado de una deficiencia mental. Tal vez por esto no sobren ahora los recordatorios de dónde venimos para llegar a saber lo más incierto a estas alturas: hacia dónde vamos. Aunque comprendo que resulte difícil de explicar en una sociedad en la que el espectáculo ha sustituido a la comunicación y lo que llaman el postureo se ha impuesto a la reflexión; una sociedad en la que la cultura está con frecuencia ajena a la clase política. El ego prepondera sobre el nosotros; el ruido sustituye a las ideas.

Y Carlos Santos tiene claro por qué nos pasa lo que nos pasa: tras la intensidad de aquel esfuerzo individual y colectivo vino la superficialidad con que «los representantes políticos se convertían en clase política, los porcientos para el partido daban paso al robo a gran escala y los intelectuales de la Universidad delegaban en las tertulias de la tele». Añade, con mucha razón, que «si en estos años todos hubiéramos puesto en la cultura y el bien común el mismo empeño que hemos puesto en el consumo y el bienestar individual otro gallo nos cantaría».

Recuerda Santos en las últimas páginas de su libro una pregunta del periodista José Oneto a Felipe González en 1982. «¿Qué es el cambio?», preguntó Oneto. Felipe contestó: «Que España funcione». Esa misma pregunta hay que hacérsela ahora a otros. Y ojalá la respuesta contenga la misma realidad.

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