24 de diciembre de 2015
24.12.2015

Juego de patriotas

24.12.2015 | 04:15

Una de las lecturas que pueden hacerse del resultado de las elecciones generales del 20D es que están prácticamente equilibrados los votos conservadores (PP y Ciudadanos) y los progresistas (PSOE, Podemos en IU). La crisis, fundamentalmente por la torpeza de las políticas económicas y sociales del PSOE y del PP, que como hemos dicho en alguno de nuestros artículos son los padres putativos de Podemos y Ciudadanos, son los responsables de que hayamos llegado hasta aquí. Si los grandes partidos políticos no hubieran olvidado a su suerte a varios millones de personas a lo largo de la crisis, que todavía no ha finalizado, y no hubieran protagonizado los casos más graves de corrupción de nuestra democracia, es más que improbable que hubieran surgido en España Ciudadanos y una amalgama de partidos entre los que destaca Podemos.

Y en una situación como la presente, de equilibrio entre partidos políticos conservadores y progresistas es necesario retroceder en el tiempo para recordar los postulados básicos que sirvieron para construir la transición democrática, a la que ahora se hace apelación por muchos. Los españoles apoyaron en las dos primeras elecciones democráticas en 1977 y 1979 a la Unión de Centro Democrático porque su programa de gobierno no se inclinaba ni hacia la derecha ni hacia la izquierda, buscando un equilibrio entre ambas. Los que militábamos en partidos socialistas (como el PSOE o el PSP) no habíamos aprendido todavía que había que gobernar con la pretensión de hacerlo para todos los españoles. Felipe González lo entendió tras dos fracasos electorales y tuvo que forzar un giro que fue para el PSOE dramático, desde el marxismo hacia la socialdemocracia. Y solo entonces recibió la confianza de los españoles que, en 1982, dieron un vuelco electoral trascendental otorgando una mayoría parlamentaria increíble, 204 escaños, nunca repetida hasta la fecha. Bien es cierto que en dicha mayoría colaboró la descomposición del partido gobernante, la UCD. Y el poder que entregaron los ciudadanos al PSOE fue administrado con gran prudencia y moderación, y en ocasiones con la energía y determinación necesarias, llevando a cabo, entre otras, una reconversión industrial imprescindible para poder ingresar en la entonces Comunidad Económica Europea, con unos costes sociales impresionantes.

El PSOE de Felipe González fue un partido reformista, dictó la mayoría de las leyes que modernizaron a España en momentos difíciles y solo sus propios errores le hicieron perder las elecciones de 1996 tras 14 años de gobierno. Y su sucesor, José María Aznar, aunque sin la altura de miras de González también gobernó con prudencia. Hasta 2004, el bipartidismo no fue un invento de gabinete sino que fue un sistema que sirvió para que España siguiera desarrollándose y cobrando prestigio internacional.

Los problemas comenzaron con el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, y han continuado con el gobierno de Mariano Rajoy. Ninguno de los dos fue capaz de gobernar, ni de hacer una oposición leal de acuerdo con la tradición democrática española. Han sido gobernantes exponentes de un modelo pernicioso de gobernar, el de gobernar para determinadas clientelas en la concepción decimonónica de unos contra otros.

Ni el PSOE ni el PP, desde 2004, han sido capaces de elaborar programas capaces de integrar el dualismo ideológico de la población española. Pues no nos equivoquemos, la existencia de cuatro partidos con más del 15 % de los votantes cada uno de ellos no significa que exista la posibilidad de implementar cuatro o más tipos de políticas. Una somera mirada a lo que sucede en Europa nos llevará rápidamente a la realidad: las opciones en política económica o en política social son a lo sumo dos, y en ocasiones no es más que una. La mayoría de las propuestas de los partidos emergentes son irrealizables, y darles el mando de la cosa pública sería hacer un nuevo ensayo a la griega, al estilo Tsipras. Y los españoles no debemos caer en el más absoluto de los esperpentos.

Hablando de patriotas, y más allá de las manifestaciones de muchos líderes del PSOE y del PP, que verían irrealizable una coalición entre los partidos antes citados, nos parece que los líderes más responsables de uno y otro partido, entre ellos Felipe González, deberían presionar para que se produjera una coalición entre ambos partidos. Veamos por qué.

En primer lugar, porque la opción de que se creen dos bloques en las Cortes Generales uno de derechas y otro de izquierdas, lejos de solucionar algún problema vendría a agudizar las tensiones, la quiebra de España. Eso que en otra escala, por ejemplo, han conseguido los independentistas catalanes en Cataluña. Y en estas circunstancias todavía críticas resulta evidente que no se puede gobernar para unos en contra de otros, como ha hecho el Partido Popular, como no ha sabido neutralizar el PSOE y como vuelven a pretender hacerlo Ciudadanos y Podemos. Sobran las visiones belicistas, intransigentes, de propuestas innegociables de unos y otros, que ni siquiera es posible justificarlas por la juventud, la inexperiencia y los agravios, muchos de ellos sufridos y otros supuestamente sufridos.

En segundo lugar, una coalición sería conveniente porque, al margen de errores y corruptelas, el PSOE y el PP (con numerosas excepciones, eso sí) han demostrado que saben gobernar, mientras que los dirigentes de los partidos emergentes, con el mayor de nuestros respetos a sus votantes, no están en condiciones de gobernar, el nivel de su inexperiencia es de una gravedad que asombra que no sea apreciado por la mayoría de los electores.

Una tercera razón de índole internacional para una coalición del PSOE y del PP es que generaría un nivel de confianza muy considerable en los dirigentes, las organizaciones internacionales y los mercados, porque garantizaría el cumplimiento de los compromisos adquiridos, con subsanación de algunos errores en las políticas sociales y de derechos civiles y políticos.

Y si para llegar a ese pacto programático entre PSOE y PP fuera necesario cambiar a los líderes de ambos partidos deberíamos seguir hablando de patriotas. ¿O acaso hay que poner por delante de los intereses del pueblo español los intereses personales o de partido? Lamentaríamos que en el ámbito de los dos partidos que han construido nuestro sistema democrático los pactos para conseguir el interés general estuviera condicionado por sus líderes electorales. Si lo importante es el pueblo español y no los personalismos ni los falsos liderazgos, sería hora de aplicarlo al caso concreto.

Hasta marzo de 2016, los que siguen siendo los grandes partidos políticos de la democracia debieran reflexionar sobre estos temas y hacerse una prueba de patriotismo. ¡Pónganse de acuerdo y arreglen lo que han desarreglado ustedes, señoras y señores del PP y del PSOE! ¡Miren el interés de los españoles y no el de la táctica o la estrategia de sus partidos! Es la hora del patriotismo, y sería contrario al mismo urdir coaliciones que ahondarán la fractura que han provocado el PP y el PSOE. No creemos que tengan otra oportunidad para hacerlo.

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