27 de enero de 2016
27.01.2016

Nacidos en los 60

27.01.2016 | 04:15

Hace unas semanas tuve la oportunidad de reencontrar a buena parte de los compañeros con los que cursé la E.G.B. Ahora, en el entorno de la cincuentena, peinamos canas. Con la mayor parte no había tenido contacto desde el final de los estudios obligatorios, es decir, habían pasado 35 años sin vernos, media vida. Bastaron apenas unos instantes para que, por debajo de las anchuras y arrugas propias del paso del tiempo reconociéramos gestos, tonos, ademanes... confirmando así, de alguna forma, que la personalidad de cada cual se forma en la infancia y en la adolescencia, y que las experiencias que acontecen después sólo contribuyen al moldeamiento de aquella base.

Observando a mis compañeros -seguramente por deformación profesional- pude retrotraerme y tomar conciencia del fenómeno social que aconteció en los 80. Aquella década tomó como conejillos de indias a toda una generación nacida en los 60. Respiramos aires de apertura en un país demasiado tiempo cerrado. Descubrimos, como adolescentes, un mundo inimaginable. Ni las generaciones anteriores ni el sistema estaban preparados para facilitar ese cambio, tan natural si se quiere, pero tan difícil. De ahí el precio tan alto que pagamos.

Ya no hacía falta salir al extranjero para ver películas eróticas, pero muy pocos docentes supieron explicar la sexualidad de forma madura y para nuestros padres esa tarea era impensable cuando no, un pecado. Fueron tiempos de ´movidas´ y ´rutas bacalaeras´ sin que nadie previese lo que acabó ocurriendo en tantas ocasiones: miles de jóvenes atrapados en caballos desbocados y sin alternativa, enloqueciendo ellos y haciendo enloquecer a sus familias. Las drogas inundaron nuestras calles y hasta la música hizo apología de su consumo. Años después la euforia acabó siendo pesadilla en demasiados hogares.

Sería hipócrita culpar al sistema por no estar preparado; yo no lo hago. Sí considero que es justo reconocer que el sufrimiento de muchos adolescentes y sus familias permitieron, ya en la década siguiente, diseñar planes, leyes e instrumentos que posibilitaron adecuar las estructuras sociales, educativas y sanitarias a los retos de las nuevas generaciones de adolescentes. Es cierto que esos jóvenes de generaciones posteriores tuvieron que enfrentarse a peligros con nuevos nombres, pero tenían idéntica raíz y ahora se les podía echar un cable desde la experiencia. Hoy quiero rendir un homenaje a todos aquellos niños nacidos en los años 60 que entraron en la adolescencia en los 80. Pero no sólo a quienes he tenido el enorme placer de reencontrar, sino también a aquellos otros, ¡tantos!, que se quedaron en el camino.

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